Nadie te dice que no existe tal cosa como el autismo de “alta funcionalidad”

Durante décadas la sociedad, e incluso algunos profesionales de la salud, han hablado del “autismo de alta funcionalidad” como una forma más “leve” del Trastorno del Espectro Autista (TEA). La etiqueta ha sido usada para describir a personas con TEA con un coeficiente intelectual dentro o por encima del promedio, con lenguaje aparentemente fluido, o con habilidades académicas destacadas. Sin embargo, esta noción no solo es científicamente imprecisa, sino también profundamente reduccionista y estigmatizante.

¿De dónde viene el término?

El término “alta funcionalidad” (high-functioning autism) surgió informalmente a principios de los años noventa del siglo pasado, como una forma de distinguir a algunas personas con autismo que no tenían discapacidad intelectual, especialmente cuando se intentaba diferenciar entre el síndrome de Asperger y el autismo clásico. Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que estas distinciones no eran realistas y no reflejaban diferencias clínicas consistentes ni en el desarrollo ni en el pronóstico.

Desde el DSM-5 (2013), todos estos cuadros han sido integrados bajo el término único de “Trastorno del Espectro Autista”, reconociendo que el espectro autista se manifiesta con una enorme variabilidad de apoyos requeridos en las diferentes áreas de la vida, sin jerarquizar a las personas en función de su CI, lenguaje o rendimiento escolar.

“El término ‘alta funcionalidad’ se basa en una medida externa (como el coeficiente intelectual o el uso del lenguaje), sin tomar en cuenta el malestar o sufrimiento internalizado, las dificultades sociales invisibles o el agotamiento emocional que experimentan muchas personas con TEA”.
💬Kapp, 2020

¿Por qué el término “alta funcionalidad” es problemático?

  1. No es un diagnóstico clínico oficial. No aparece en los manuales diagnósticos. Es un término social, no médico/técnico.
  2. Ignora la variabilidad del funcionamiento. Una persona con TEA puede tener gran competencia verbal y al mismo tiempo necesitar mucho apoyo en habilidades de la vida diaria, regulación emocional o interacción social.
  3. Refuerza estigmas. Al implicar que hay personas “menos autistas” que otras, se perpetúa la idea de que algunas formas de autismo son “mejores” o más aceptables, lo que puede llevar a la deslegitimación de las necesidades reales de apoyo.
  4. Oculta el sufrimiento invisible. Muchas personas consideradas de “alta funcionalidad” reportan altos niveles de ansiedad, agotamiento, sobrecarga sensorial y enmascaramiento constante, lo que no se ve desde fuera.
  5. Complica el acceso a apoyos. Estas personas pueden ser malinterpretadas, subdiagnosticadas o incluso excluidas de intervenciones necesarias porque “funcionan demasiado bien” a ojos de los demás.

La ciencia lo confirma: el autismo no es lineal

Las investigaciones actuales han dejado claro que el autismo no puede medirse en una escala lineal de “más o menos funcional”. En cambio, debe comprenderse como un perfil multidimensional que fluctúa según el entorno, la etapa de la vida, la coexistencia de otros diagnósticos y los apoyos disponibles.

Algunas personas con TEA pueden necesitar poco apoyo para resolver una ecuación matemática, pero un apoyo intensivo para manejar un cambio de rutina, hacer una llamada telefónica o regular una emoción intensa.

En palabras de personas con TEA

Cada vez más personas adultas con TEA, especialmente mujeres y personas diagnosticadas tardíamente, han levantado la voz para denunciar cómo esta clasificación de “alta funcionalidad” invisibiliza sus luchas:

“Me dijeron que era de alto funcionamiento, pero nadie vio cómo me derrumbaba al llegar a casa. Aprendí a camuflarme tanto que ya no sabía quién era.”
💬Testimonio anónimo en el estudio de Cage et al. (2018)

Alternativas más adecuadas y respetuosas

La comunidad científica y muchas organizaciones neurodivergentes proponen abandonar estos términos y, en su lugar:

  • Describir el perfil de apoyos que la persona necesita en diferentes áreas.
  • Usar expresiones como “persona con TEA que requiere apoyos intermitentes, moderados o significativos”.
  • Reconocer la intensidad del enmascaramiento social, el impacto de la sobrecarga sensorial y la naturaleza fluctuante de las habilidades cotidianas.

No existe tal cosa como el “autismo de alta funcionalidad”. Esta es una construcción social que ha servido más para tranquilizar o satisfacer a la población neurotípica que para reflejar la realidad de las personas con TEA. Es hora de abandonar estas etiquetas imprecisas y caminar hacia una comprensión más profunda, empática y basada en la evidencia del espectro autista.

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