Conócete a ti Mismo

 

Sobre la Personalidad y sus Perturbaciones

¿Quién no ha escuchado esta máxima? En el sentido psicológico implicaría “mirar para atrás” y lograr de esta manera entender por qué actuamos de cierta forma, explorar todo lo vivido desde pequeños para que nuestro presente cobre sentido, para entendernos. Sin embargo, contradictoriamente el verdadero objetivo de esta propuesta que data desde la antigua Grecia, era el de invitar a las personas a  reflexionar  pero con un propósito futuro; concluir cómo la manera de pensar, lo que uno dice y  hace definitivamente impacta el presente pero, aún más importante, cómo impacta el futuro, para poder así reconocer todo aquello que debemos modificar para ser mejores. Pero si no soy capaz de llevar a cabo esta introspección ¿Cómo pretendo lograr un equilibrio? ¿Cómo puedo tener dominio sobre mi propio ser?

Debemos prestar atención a la forma en que reaccionamos ante las situaciones estresantes de la vida, qué pensamos en ese momento, cómo nos sentimos, cómo nos comportamos, pero no solamente hacia los demás, sino también hacia uno mismo. Puede ser que una situación específica nos lleve a pensar que “equis persona no me quiere”  pero ¿qué pienso y siento por mí mismo al momento de llegar a esa conclusión? Esa idea puede generar estados de estrés negativo o positivo (sí… el estrés positivo existe) y en vez de pensar que “fui un tonto” y sentirme triste, piense “de qué me sirve tener cerca a una persona que no me quiere” y agradecerle a la vida por quitármela del camino.  Si ante el mismo hecho o ante situaciones similares tiendo a tener el mismo patrón de respuesta negativa ¿cómo pretendo que las cosas cambien si reacciono siempre de la misma manera?

Sin embargo, más allá del esfuerzo voluntario de cambiar una idea negativa por otra positiva para, en consecuencia, modificar la cascada de respuesta emocional y conductual que esta genera (premisa básica de la terapia cognitivo conductual) en ocasiones, ciertos patrones desadaptativos de respuesta (psíquicos, afectivos y conductuales) podrían estar definidos por una fuerza mayor, mucho más difícil de controlar. La búsqueda para comprender profundamente la personalidad humana, ha evolucionado desde el siglo IV A.C., cuando por primera vez Hipócrates describió cuatro tipos de temperamentos relacionados a cuatro humores corporales distintos (bilis amarilla=colérico, bilis negra=melancólico, flema=racional y sangre=valiente); pasando por las primeras descripciones no patológicas y patológicas de la personalidad; hasta las teorías actuales descritas gracias a los avances de las neurociencias.  Esta disciplina se ha encargado de esclarecer la relación que existe entre las estructuras del sistema nervioso y fenómenos funcionales como caminar, hablar, reír, llorar, etc.  Gracias a esta, se han podido explicar algunos de los procesos biológicos detrás de  los distintos tipos de personalidad y sus perturbaciones.

Es que “yo soy así”

¿Cómo eres realmente? ¿Te conoces? Antes de elaborar brevemente los diferentes tipos de personalidad descritos en la Quinta Edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) es importante dejar claros algunos conceptos y reforzar también la base biológica de nuestra personalidad.

¿Se nace o se hace la personalidad?

Ambos aspectos son ciertos. Nuestra personalidad resulta de la interacción entre todo aquello que biológicamente nos constituye y el ambiente. Con esto me refiero a que aunque la experiencia va modelando nuestra forma de ser, estudios afirman que el 52% de nuestros rasgos de personalidad se lo debemos a la herencia (genética).

¿Qué es la personalidad?

Por personalidad nos referimos al patrón persistente de rasgos cognitivos (curso y contenido del pensamiento); afectivos y conductuales, hondamente arraigados y ampliamente utilizados por un individuo en todas las áreas en lasque se desenvuelve. El aspecto central para definir el tipo de personalidad que tenemos, gira en torno a la forma en que afrontamos las diferentes situaciones que se nos presentan de manera cotidiana. Este patrón de afrontamiento define los rasgos de nuestra personalidad.

En la actualidad se reconocen 10 diferentes tipos de personalidad, agrupados en tres grandes grupos, con base en ciertos rasgos similares ¿te parece si tratas de reconocer en cuál encajas?

  1. Los raros y excéntricos
  • Personalidad Paranoide.

Tendencia a atribuir motivaciones malintencionadas en las acciones de los demás y percibirse como “víctimas” de constantes injusticias, por lo que pueden actuar con el objetivo constante de reivindicarse o reparar el daño percibido. Desconfiados y suspicaces, dudan de la lealtad de otros. Pueden llegar (no siempre) a ser intolerantes, rencorosos,  irritables, iracundos y hasta hostiles.

  • Personalidad Esquizoide.

Solitarios y con tendencia a ser distantes con las relaciones sociales, pero cercanos con su núcleo familiar. Responden en términos intelectuales a cosas a las que, la mayoría de las personas, responden emocionalmente ya sea con tristeza, ansiedad, etc. No les interesa mucho mantener cercanía con otras personas porque no las disfrutan o no les importa realmente. Poco expresivos, indiferentes a la crítica y con escaso interés sexual. Son las personas mal llamadas “antisociales” que, como veremos más adelante, tienen otro tipo de característica.

  • Personalidad Esquizotípica.

Extravagantes en su comportamiento, pensamiento, lenguaje, afecto y aspecto (arreglo), lo que afecta de manera importante las relaciones sociales, ya sea  porque las personas los evitan o porque ellos mismos  deciden hacerse a un lado porque reconocen que “no encajan” con la mayoría. Tienden a un pensamiento mágico y místico que además podría en ocasiones influir y distorsionar la forma en que ven la realidad, lo que se traduce en la descripción de haber vivido experiencias perceptivas inusuales. Son vistos por los demás como personas “singulares” y “raras”.

  1. Los dramáticos, emocionales y erráticos
  • Personalidad Límite.

Emociones muy  “cambiantes” e inestables, al igual que sus relaciones interpersonales. Tienen la tendencia a que su autoestima sea dependiente y su autoimagen está frecuentemente afectada. Pueden sentirse incomprendidos, vacíos, con temor –real o imaginario- al abandono; así como suponer que cosas que ocurren a su alrededor, se relacionan con ellos (pensamiento referencial). Impulsivos, pudiendo llegar a actuar con agresividad hacia otros y hacia sí mismos; son frecuentes las conductas compulsivas de índole sexual, alimenticia y de consumo de sustancias.

  • Personalidad Antisocial.

Presentan un comportamiento inadaptado y carente de empatía; llevado a cabo con desprecio y violación de los derechos de los otros, con el objetivo de imponer los propios. Las acciones cometidas, no generan remordimiento alguno. También suelen ser impulsivos, agresivos e imprudentes.

  • Personalidad Histriónica.

Amantes de ser el centro de atención, suelen ser personas vanidosas, muy preocupadas por su atractivo físico, excitables, emotivas, seductoras, dramáticas y extrovertidas. Les es difícil mantener vínculos profundos y duraderos. Su comportamiento es “pintoresco” y suele ir acompañado por un aspecto físico llamativo.  Sugestionables y con ausencia de matices a la hora de expresar sus emociones.

  • Personalidad Narcisista.

Poseedores de ideas y comportamientos de suma grandiosidad, tienen la sensación de ser y hacer todo perfectamente bien, por lo que exigen en respuesta admiración por parte del resto de las personas que no están a su nivel. Suelen ser arrogantes y devaluadores hacia los demás,  faltos de empatía, con fantasías de éxito especial y único, lo que presumen.  A juicio personal,  perfecto proceder  genera  “envidia” en el resto de las personas. 

  1. Los ansiosos y temerosos
  • Personalidad Obsesivo-Compulsiva.

Diferente al Trastorno Obsesivo-Compulsivo, son personas muy preocupadas por el orden, la homogeneidad y la simetría. Suelen ser  detallistas, perfeccionistas y poseedores de un pensamiento y comportamiento rígido, estructurado e inflexible. Excesivamente dedicados y obstinados, pueden incurrir en la acumulación de objetos innecesarios y la necesidad de comprobar y volver a comprobar lo que hacen. Controladores y reacios  a delegar porque las cosas “jamás van a estar bien hechas” si no las hacen ellos mismos. En búsqueda constante de la perfección,  la que –obviamente-  nunca encuentran.

  • Personalidad Evitativa.

Personas usualmente tímidas que, como bien lo describe su nombre,  evitan relacionarse con los demás, aunque sí lo deseen,  por ser muy sensibles al rechazo y temerosos de las críticas. Se esfuerzan por agradar y caer bien, esfuerzo que puede llegar a ser muy evidente.

  • Personalidad por Dependencia.

Altamente sugestionables, sumisos y “necesitados” de los demás, pueden parecer incapaces de estar solos y mostrar mucho temor de separarse de los demás. Tienen dificultad para iniciar proyectos o tomar decisiones propias, por lo que buscan la aprobación u opinión constante de otras personas, llegando en ocasiones, a delegarles a estos la responsabilidad de la toma de decisiones importantes de su vida.

Es probable que en este punto, hayamos detectado en cuál de estos tipos de personalidad encajamos o encajan personas a las que conocemos. También podríamos reconocer características de dos o más tipos diferentes. Esto es porque, como describí antes,  todos los seres humanos tenemos rasgos de personalidad. Entonces ¿cuándo los rasgos de personalidad se transforman en un trastorno?  

¿Qué es un Trastorno de Personalidad?

Se establece que los rasgos de la personalidad son lo suficientemente disfuncionales como para englobarlos dentro del concepto de “trastorno”, cuando ese patrón de respuesta tiende a ser persistente y diferente de lo social/culturalmente esperado, por lo que el individuo se ve expuesto a constantes conflictos interpersonales, que impactan su desempeño general a nivel familiar, escolar, laboral y social. 

Si pudiésemos resumir en varios puntos las particularidades de los trastornos de personalidad, tendríamos la presencia de:

  • Comportamientos carentes de armonía que afectan las emociones, la forma en que se expresan las mismas, la percepción hacia uno mismo y el entorno,  el comportamiento (control de impulsos) y la forma en que nos relacionamos con los demás.
  • Todo lo previamente descrito es duradero o persistente en el tiempo y no episódico.  
  • El patrón cognitivo-afectivo-comportamental de personalidad no contribuye a la adaptación del individuo en su entorno. Por el contrario, la persona se relaciona con su entorno de una manera rígida, inhibiendo la elaboración de otras estrategias de afrontamiento que le permitan adaptarse mejor.
  • El patrón de personalidad genera malestar personal y hasta sufrimiento emocional.
  • El trastorno por lo general (aunque no siempre) está acompañado por deterioro significativo del rendimiento y desempeño, por ejemplo, podemos notar incapacidad para mantener una relación de pareja, un trabajo y vida social. 
  • La persona no suele estar consciente de la incomodidad que genera o el impacto negativo que tiene en otros, la forma en que afronta una situación o problema determinado. Es esa persona que tiene problemas con “Raimundo y todo el mundo” pero piensa que el problema principal radica en el mundo y no en ellos.
  • Las manifestaciones descritas suelen aparecer durante la adolescencia o inicio de la etapa  adulta. 

Se estima que entre el 10-13% de la población general tiene un trastorno de personalidad.

¿Qué debo hacer?

Las ideas, emociones e impulsos negativos, pueden afectarnos de muchas formas. Antes que nada, es importante tener claras las motivaciones que nos inviten a querer cambiar. Algunas de estas pueden ser el sufrimiento emocional percibido, la dificultad para resolver situaciones cotidianas, problemas con la pareja, entre otras. Entonces, se debe empezar por entender el origen de aquellas reacciones negativas, para poder modificar la reacción ante ese hecho específico o ante hechos similares a través del aprendizaje  de  patrones de respuesta más estables y adaptativos.

Un buen inicio es el manejo de la atención. Se preguntarán ¿eso qué tiene que ver? Por lo general, cuando experimentamos una emoción negativa, volcamos la atención hacia ideas o pensamientos que mantienen latente dicha emoción, una especie de “feedback negativo” que hace que el malestar crezca y, en consecuencia, el conflicto. Por el contrario, si nos aislamos por un periodo prudente de tiempo (5 a 30 minutos) o desplazamos nuestra atención hacia otra cosa o idea positiva, podremos actuar de manera más calmada, una vez la idea y emoción negativa se hayan disipado. Alternativas al aislamiento temporal  son salir a caminar, trotar o realizar otra actividad física, darse un baño con agua tibia, escuchar la música que te agrade, etc. 

En segundo lugar, las situaciones difíciles o de conflicto, ponen a prueba nuestra autoestima. El trabajo de la autoestima es fomentar las ideas positivas con respecto a uno mismo, así como desvanecer los procesos autodestructivos que pudimos haber heredado o adquirido durante nuestro desarrollo. Cuando una persona no se siente amenazada por alguna circunstancia, no desarrollará reacciones negativas. Sin embargo, si de alguna forma percibimos como amenaza a aquello a lo que nos estamos enfrentando, de esa manera vamos a reaccionar. Las respuestas negativas surgen dependiendo de qué tan capaces o incapaces nos sentimos para afrontar una situación que nos resulta desagradable.

Por último, en el caso de reconocer un patrón de respuesta disfuncional sugerente de un trastorno de personalidad, es importante considerar la evaluación formal por parte de un profesional de la salud mental.

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