La enseñanza basada en las Neurociencias

Erick Hoffer (1898-1983) dijo alguna vez que “en tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje, se adueñarán del futuro”. Este escritor y filósofo estadounidense, se caracterizó por tener una visión original y muchas veces contradictoria a aquellas que imperaban en la época. Si en aquel entonces necesitábamos más mentes como la de Hoffer ¿Qué puedo decirles sobre las necesidades en el presente?

Existe aún la tendencia a pensar que el alumno es quien casi exclusivamente, debe adaptarse al estilo del docente y del sistema educativo, el cual es mayormente “militarizado” (rígido e inflexible) en algunos planteles. Un sistema que exige que los niños tengan habilidades no congruentes con su nivel de desarrollo; que los evalúa a todos de la misma manera, con una escala, con un número; un sistema en el que reinan los juicios de valor y en el que “el mejor”, no es el más creativo, curioso o el que demuestra mayor capacidad de análisis, sino aquel que reprime su pensamiento crítico, acepta todo lo que le dicen y tiene la mejor memoria; un sistema en el que el despliegue de ideas y/o conductas diferentes a las de la mayoría (asociadas o no a una condición o trastorno) es motivo suficiente para devaluar, etiquetar y no necesariamente para ayudar o al menos intentar aprender la manera de cómo hacerlo. Se supone que estamos formando humanos ¿No? No es tarea fácil formar académicamente humanos y menos cuando somos todos tan diferentes. Las paredes que dividen las diferentes ciencias aplicadas a la educación, son cada vez más porosas, por lo que aquellos que piensan hoy y mantengan en su mente la ya desde hace años anticuada idea de que “eso no me corresponde a mí, le corresponde a…” estará (retomo a Hoffer): “preparado para un mundo que ya no existe”.

En un mundo (en todo sentido) en constate cambio, un mundo en el que si comparamos lo que hemos logrado en el último par de siglos como especie, versus los millones de años que nos tomó evolucionar hasta llegar a ser lo que somos hoy (Homo Sapiens Sapiens) nos damos cuenta que hemos evolucionado desmesuradamente y que cada individuo que habita este planeta es único como resultado de la interacción de su base biológica con el ambiente (experiencia de vida), lo que hace que la neurodiversidad sea la regla y no la excepción.

La neurodiversidad, no es más que la diversidad de todos los cerebros y mentes humanas, así como la infinita variación en el funcionamiento que existe dentro de nuestra especie. Este concepto fue utilizado por primera vez por la socióloga australiana Judy Singer (1998), para hacer referencia a la condición que ella misma, su madre y su hija presentan: Trastorno del Espectro Autista (TEA). Sin embargo, no fue hasta que Harvey Blume publicara su artículo “Neurodiversity, on the neurological underpinning of Geekdom” ese mismo año en el New York Times, que el concepto se hizo conocido. Utilizado en un principio para describir algunas características particulares propias de las personas con TEA, en la actualidad es un concepto de dominio público que engloba a todos los seres humanos, pues existen aproximadamente siete mil millones de cerebros como personas existen en el mundo.

Tener presente la neurodiversidad llevó a que se robustecieran los esfuerzos dirigidos a investigar e incorporar aquellas ramas de la neuropsicología infantil, tales como la neuropsicología del aprendizaje y la neurodidáctica, en la enseñanza. Esta última (la neurodidáctica) preconcebida por el catedrático de la Universidad de Friburgo, Gerhard Preiss (1988), es lo que se conoce en el presente como Neuroeducación, o sea, la interdisciplina o transdiciplina, que promueve una mayor integración de las ciencias de la educación con aquellas que se ocupan del desarrollo neurocognitivo del ser humano” (Battro).

Que el docente conozca al menos las bases sobre el funcionamiento cerebral, es una herramienta invaluable para mejorar la calidad de la enseñanza, del aprendizaje y de la interacción de ese binomio fundamental docente-alumno, que contempla y reconoce no solo los aspectos cognitivos, sino también la forma en que las emociones, la conducta y el medio ambiente, inciden sobre estos procesos.

Por ejemplo, los docentes deberían conocer que el cerebro es el órgano que define nuestra habilidades y retos, que integra nuestra experiencia, predispone nuestra conducta y que para eso consume entre el 20-27% de la nuestra energía diaria. Los docentes deberían saber que esos siete mil millones de cerebros existentes que ya mencioné, poseen propiedades magníficas como la neuroplasticidad y la resiliencia, la primera, que nos permite aumentar de manera progresiva la capacidad de adaptarnos a nuevos aprendizajes; y la segunda, que nos permite afrontar, evolucionar y sobreponernos tras vivir experiencias traumáticas y adversas. Los docentes deberían aprender sobre cómo cada estructura cerebral tiene funciones primordiales que se van “afinando” y «puliendo» a medida que avanzamos en nuestro desarrollo y que van desde prestar atención, sentir un estímulo, interpretarlo, crear un nuevo recuerdo, evocarlo, reaccionar emocionalmente, comprender lo que nos dicen, hablar, comunicarnos, entender los “códigos sociales”, anticipar, analizar, abstraer, tomar decisiones, planificar, resolver problemas, controlar nuestros impulsos y un largo etcétera… pero que también, la integridad de dichas funciones, dependen del nivel de desarrollo (edad) del alumno y de la ausencia de condiciones del neurodesarrollo como el TEA, TDAH, discapacidad intelectual, entre otras; y la ausencia de cualquier otro trastorno psiquiátrico como la depresión, los problemas de ansiedad excesiva, el trastorno bipolar, la esquizofrenia y otro largo etcétera.

Sin embargo, considero (sobre todo) que es de suma importancia en la actualidad, que los docentes sepan que si entrelazamos los dos conceptos descritos previamente, neuroplasticidad y resiliencia, con la presencia creciente de alumnos con alguna condición o trastorno psiquiátrico dentro de las aulas (lo que cada vez es más frecuente si nos basamos tanto en aspectos estadísticos de prevalencia de psicopatología, como en el hecho de que debe ser así porque lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 26 “Toda persona tiene derecho a la educación”) estarán ante seres humanos en desarrollo que poseen la capacidad innata de aprender, de mejorar, de salir adelante y procurar la adaptación, independientemente de su condición o trastorno, pero que para que esto sea posible, deben estar rodeados de un entorno que acoja y respete su neurodiversidad y de docentes con la disposición de individualizar la enseñanza y promover un ambiente educativo cordial, que lo motive, le produzca placer ir y, por lo tanto, ganas de aprender; así como también deben contar con familias comprometidas, consistentes y democráticos en su disciplina, que procuren el establecimiento y mantenimiento de hábitos de vida saludables relacionados con la calidad y cantidad de sus alimentos y horas de sueño (sobre todo nocturno); la ingesta de agua; la realización de ejercicio físico, el desarrollo de rutinas de ocio y el uso no perjudicial ni abuso de dispositivos electrónicos.

Los avances científicos y los estudios durante las últimas décadas sobre la neuroeducación, nos han llevado a conocer profundamente la relación funciones-estructuras cerebrales y a comprender los procesos neurocognitivos en las prácticas pedagógicas. Antes “se conocía muy poco sobre el desarrollo de la capacidad docente del ser humano, que lo distingue claramente de las otras especies” (Battro). La puesta en marcha de estudios relacionados con “el cerebro que enseña y el cerebro que aprende”, han demostrado que el ser humano y solamente el ser humano, es capaz de “enseñar, transmitir y acrecentar los conocimientos de una generación a la otra”, así como que la interacción entre el maestro y el alumno “son de enorme interés, ya que el maestro puede ser otro alumno”, o sea, que “los alumnos también enseñan” (Sigman). Esto lo demostraron, utilizando registros simultáneos de la actividad cerebral en niños y adultos en situación de enseñanza-aprendizaje, en un ambiente escolar con ayuda de equipos portátiles de imágenes cerebrales.

Es idealista pensar que todos los docentes del país (y del mundo) deseen y puedan incorporar las neurociencias con el objetivo de mejorar su modelo de enseñanza y el aprendizaje de los alumnos. Si agrego además la premisa previamente descrita sobre que tengan la apertura de transformarse en “alumnos” y aprender de cada situación, vamos a llamarle «compleja», que se les presente, es prácticamente una utopía… la huella narcisista sería demasiado profunda.

Por eso la invitación a que vean cada conducta retadora como motivación para investigar, formarse (de manera autodidacta y formal), para “ejercitar” habilidades tales como la empatía y la paciencia, así como para aprender estrategias nuevas que le permitan afrontar esos retos, sin olvidar que todo niño y adolescente “es un síntoma”, o sea, que posee detrás una realidad biopsicosocial y que su conducta es la forma en que la pone de manifiesto.

Para terminar, les dejo el enlace a una entrevista disponible en YouTube realizada por el Licdo. Jorge Isaac en el Noticiero Matutino SERTV al respecto.

Que tengan un excelente y saludable inicio de ciclo escolar 2018.

Link: https://youtu.be/hXiOtEsHP7E

Referencias
  1. “Meet Judy Singer Neurodiversity Pioneer”. Consultado en línea en http://www.myspectrumsuite.com. Febrero de 2018.
  2. Arévalo, G. “Neurodidáctica y educación. Una aproximación desde las humanidades.
  3. Battro, A. “Los Ciclos de la Neuroeducación, un recorrido personal”. Treinta años de educación en democracia, 1984-2014. Academia Nacional de Educación, Buenos Aires, pags: 173-192. 2014.
  4. Sigman, M. “El cerebro que enseña y el cerebro que aprende”. Laboratorio de Neurociencias Integrativas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires. 2012.

Te odio con todo mi cerebro

“Nada que un hombre haga lo envilece más que el permitirse caer tan bajo como para odiar a alguien”.

Martin Luther King

Amplio es el repertorio de emociones que puede experimentar el ser humano. Aquellas conocidas como emociones primarias o básicas (alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, asco), van acompañadas de patrones de respuesta facial, vocal, motoras, fisiológicas (endocrinológicas), que se pueden reconocer independientemente de la raza y cultura a la que pertenece el individuo. El otro gran grupo de emociones, las secundarias, dentro de las cuales se encuentran la envidia, la culpa, la vergüenza, el odio, etc., involucran un componente cognitivo mucho más complejo, en el que el contenido del pensamiento tiene una base experiencial inalienable, evolucionando así a lo que conocemos como sentimiento.

Es inevitable hacer una breve introducción sobre algunos aspectos básicos relacionados con las emociones, por lo que me apoyaré en el neurocientífico estadounidense Joseph E. LeDoux, cuyas investigaciones se centran en los fundamentos biológicos de la emoción (especialmente los mecanismos cerebrales relacionados con la ansiedad y el miedo) y la memoria. Este nos sugiere tener presente tres principios. En primer lugar, que detrás de aquello que llamamos emoción o sentimiento, se encuentra una serie de procesos neurológicos y mecanismos cognitivos distintos para cada una de ellas. En segundo lugar, que los mecanismos cerebrales de conducta emocional como los que se ponen en marcha, por ejemplo, durante el miedo, tienen un origen primitivo y aún los conservamos pese a los millones de años de evolución de nuestra especie. Así mismo, las emociones juegan un rol muy importante en la determinación de conductas futuras y sus trastornos pueden dar lugar a graves alteraciones del comportamiento. Por último, en tercer lugar, tenemos que no debemos asumir que los componentes conscientes de las emociones son más importantes que los inconscientes ya que estos últimos, surgieron como mecanismos de supervivencia de la especie a través de la evitación del peligro, la obtención del alimento y la reproducción.

Pero, en la actualidad, en este punto de la evolución en el que nos encontramos ¿Qué funciones tienen las emociones humanas?

Todas las emociones tienen alguna función que les confiere utilidad y permite que el individuo ejecute conductas apropiadas de manera eficaz. Inclusive, emociones que pudiesen considerarse como desagradables, tienen el objetivo de promover el “ajuste” a nivel personal. Las emociones tienen tres funciones principales (Reeve, 1994):

  1. Función adaptativa, para preparar al organismo para que ejecute apropiadamente cualquier conducta que le exija el entorno, movilizando en el proceso, la energía necesaria para ello, así como dirigiendo la conducta (acercarse o alejarse) hacia un objetivo determinado.
  2. Función Social, que permite predecir el comportamiento asociado a las emociones a través de la expresión de estas, lo cual tiene un valor indiscutible en todos los procesos de relación e interacción interpersonal. De manera didáctica, la felicidad favorece los vínculos sociales mientras que el odio está asociado a respuestas de evitación o confrontación que los entorpecen.
  3. Función Motivacional, ya que no podemos negar la íntima relación existente entre la emoción y la motivación y la experiencia presente en cualquier tipo de actividad que posee las dos principales características de la conducta motivada: dirección e intensidad.

En el caso del odio, su función motivacional es clara, sin embargo, es desadaptativa y socialmente un recurso ineficaz. Demos paso entonces a lo que considero uno de los grandes males de nuestra época.

Según Mora (1998), el término odio hace referencia a un “sentimiento negativo o de rechazo que un individuo experimenta como resultado de sus frustraciones y que tiende a experimentarse de manera intensa e incontrolable, despertando en las personas que lo experimentan, una profunda antipatía, disgusto, aversión, antagonismo o repulsión hacia un sujeto, cosa, situación o fenómeno”. Esto las lleva a tener la necesidad de evitar, limitar o destruir aquello que se aborrece (Kaminsky, 1990) y a una tendencia natural e histórica hacia la violencia (Colina, 2010).

En esta misma línea, podríamos decir que el odio surge a partir de la percepción de la existencia de un obstáculo o de una amenaza que impide conseguir un recurso que se considera requisito para cubrir una necesidad o una carencia o para evitar alguno de los previos, así como niveles de miedo que siempre llegan asociados y que interfiere con la posibilidad de sobrevivir en paz y equilibrio o de adaptarnos con éxito a las condiciones de vida biológicas y psicosocioculturales en las que nos encontramos inmersos (Valdez Medina, 2009). En otras palabras, el odio puede surgir a partir de que algo interfiere, se interpone, dificulta o impide que se llegue al total cumplimiento de una expectativa, o bien, cuando se ve alterada o amenazada la posibilidad que tenemos de adaptarnos o de mantener con éxito el estado de paz o equilibrio en el cual es más cómoda nuestra supervivencia biológica y/o psicosociocultural.

Sin embargo, hay que estar atentos al curso que toma el odio en nuestra vida personal y en el comportamiento social (como pilar en el movimiento de masas) ya que si no se atiende a tiempo, puede mutar y convertirse en un resentimiento que tiende cada vez más a generar conflictos a nivel personal e interpersonal y hasta a la afectación de la salud mental y física. Así mismo, se corre el riesgo que, al igual que con la culpa, pueda llegar a utilizarse como una forma de control social debido a que aquel que odia, es probable que sienta, perciba o hasta logre cierto poder sobre aquello que odia, esto último a través de recursos como la humillación y la devaluación, entre muchos otros.

Un interesante estudio descriptivo llevado a cabo en la Universidad Autónoma del Estado de México, que contó con una población homogénea de acuerdo al género de 400 estudiantes universitarios entre los 17 y los 23 años, reveló que tanto hombres como mujeres, definieron el odio como “un sentimiento de carácter negativo, una situación desagradable que genera rencor y que puede llegar a ser expresada o reprimida. De igual forma, plasmaron a través de la aplicación de instrumentos estandarizados ¿Qué pensaban que conseguían las personas al odiar? Tanto hombres como mujeres describieron obtener “satisfacción”, “daño”, “soledad”, capacidad de “expresarse”, de “cubrir una necesidad”, «problemas», «capacidad de “agredir”, “sentimientos negativos”, “malestar físico y mental», etc. Al momento de concluir las diferencias entre ambos sexos, se encontró que los hombres consideraban que conseguían “protección” y la capacidad de “hacer daño a otros” como una forma de “representar su fuerza”, mientras que las mujeres percibieron que sentir odio las podía “autodestruir” y “verse rechazadas por los demás” (Valdez Medina y cols., 2008).

Debido a que el odio está cargado de una “profunda antipatía, aversión, disgusto, enemistad o repulsión hacia una o más personas, cosas, situaciones o fenómenos a los que se quiere evitar, limitar o destruir, genera un deseo de destrucción del objeto odiado (Salecl-2002, Castilla del Pino-2002; Rodríguez-2003), que pudiese estar desencadenado por algo considerado tal vez injusto, por una herida narcisista, por una situación traumática o hasta inexplicable, que activa “algo” que ya está predispuesto en cada individuo, convirtiéndose así en un problema cultural en el que el “ejercicio” del odio y la práctica de conductas asociadas, se generaliza y detonan como resultado de algo percibido como “ofensa”, sea mínima o sea a gran escala.

Entonces ¿Por qué odiamos los humanos?

Pese a que muchas personas aún dudan cómo incide la biología sobre el control de nuestra conducta violenta, los estudios actuales afirman que se trata de una combinación e interacción entre el medio ambiente, la evolución, las experiencias y la psique resultante.

El circuito neurológico del odio, fue descubierto en el año 2008 y su ruta por el cerebro, curiosamente, atraviesa otras emociones. Sin embargo, no se olviden de lo que comenté al principio, el odio también es aprendido y originado por el entorno, impulsado por nuestra evolución y acrecentado de acuerdo a estándares socioculturales. El estudio fue realizado por el profesor Semir Zeki y John Romaya (Laboratorio Wellcome de Neurobiología del Colegio Universitario en Londres). Analizaron las áreas del cerebro que se relacionan con el sentimiento de odio y demostraron que dicho circuito es distinto a los relacionados con el miedo, la amenaza y el peligro a pesar de que coincide en una parte con la agresión. El circuito también es muy distinto al asociado con el amor romántico, aunque comparten al menos dos estructuras comunes. El “circuito del odio” incluye estructuras en la corteza y subcorteza cerebral y tiene componentes que son importantes en la generación de conductas agresivas. Es interesante que la ínsula y el putamen (Figuras 1 y 2 ) se activen tanto para el amor romántico como el odio. Esta última estructura, también podría estar involucrada en la preparación de actos agresivos en un contexto romántico, la diferencia es que, mientras con el amor grandes partes de la corteza cerebral asociada con el juicio y el razonamiento se desactivan, con el odio sólo una pequeña zona, situada en la corteza frontal (cerebral), lo hace. Pero mientras que en el amor romántico el amante es a menudo menos crítico con respecto a la persona amada, es más probable que en el contexto del odio se necesita un juicio en el cálculo de movimientos para hacer daño, herir o vengarse.

Muchos factores biológicos y genéticos, pueden también depender de las condiciones ambientales o sociales. De hecho, existe mucha evidencia que revela que precisamente esos factores biológicos, pueden minimizarse bajo ciertas condiciones ambientales, por lo que el estudio de la evolución puede brindarnos luces sobre los orígenes de ciertos fenómenos. Los científicos en el área indican que la supervivencia y la reproducción producen la competencia entre mamíferos. En aquel entonces, competían por liderazgo en el grupo (ser el macho o la hembra alfa), conseguir la mejor pareja y asegurar la copia de los genes. Es una forma básica de describir nuestros primeros pasos por el planeta, un recorrido que compartimos con las demás especies. Sin embargo, nuestro pasado no es el presente, sólo nos ayuda a entenderlo mejor y quien se queda varado en el pasado, le costará entender y adaptarse a la realidad presente. Al final, no existe biología sin el medio ambiente, son dos elementos que se nutren mutuamente y de manera constante.

En el presente, nuestra especie (el Homo Sapiens Sapiens), se caracteriza por ser sociable y por poseer la capacidad de crear culturas. Pero cuando es poseída por el odio, es entonces que podemos hablar del crímenes, de dictadores y tiranos que asesinan a millones de personas, de grupos que se oponen a otros grupos por diferentes motivos como por su color de piel, su religión, nacionalidad, identidad u orientación sexual, entre otros incontables motivos. Es por esto que surgió la Declaración Universal de los Derechos Humanos, precisamente, para garantizar libertades y seguridad a todos los seres humanos. Sin embargo, persiste un peligroso desequilibrio en el mundo

¿Hace daño sentir odio?

El papel que tienen las emociones negativas como en odio, tanto en la génesis como en la evolución y establecimiento de una enfermedad, ha sido objeto de estudios durante años. La evidencia científica demuestra que los procesos emocionales (negativos) son capaces de generar alteraciones graves a nivel del sistema inmunológico, cardiovascular, endocrinológico, ciclos fisiológicos y vías del dolor, por mencionar algunas, y ha quedada establecida la etiología de base emocional de ciertas enfermedades con trastornos psicofisiológicos como los previamente descritos.

Mantener latente al odio a nivel cognitivo, emocional y conductual; tener presente precisamente las ideas de degradación e intimidación, los prejuicios negativos y los impulsos violentos (de todo tipo) hacia el otro, que se revelan como “discurso de odio” y se transmite de manera verbal, escrita, a través de medios de comunicación, redes sociales, etc., por motivos de raza, género, edad, etnia, nacionalidad, religión, orientación sexual, identidad de género, discapacidad, lengua, opiniones políticas o morales, estatus socioeconómico, ocupación, apariencia, capacidad mental y cualquier otra elemento de consideración… genera estrés crónico. Descrito de manera simple:ENFERMA, enferma a quien lo siente.

Tras el escudo de la “libertad de expresión”, muchas personas expresan ideas que ofenden a una parte de la sociedad. Por esto, las sociedades democráticas, pueden optar por establecer sanciones a aquellos que justifiquen, propaguen y explícitamente incitan la comisión de actividades delictivas específicas, las cuales involucran alguna forma de violencia la mayoría de las veces.

Para terminar, analicemos el fenómeno social del Odio

Históricamente, el odio es un sentimiento complejo que ha impulsado tanto actos heroicos como malvados en humanidad, dirigidos hacia un individuo, una sociedad o un grupo (considerado minoritario o “vulnerable”) dentro de esa misma sociedad. El nacimiento y evolución del odio como delito, ha estado determinado por tres factores: 1) La presencia de una aversión discriminatoria; 2) Las necesidades preventivas de los colectivos vulnerables; y 3) La defensa de los supuestos valores de la comunidad puestos en cuestión. Estos factores han modificado progresivamente el concepto de odio a efectos penales y dado lugar a subgrupos de delitos de odio que, tristemente, son frecuentes en todo el planeta.

Sternberg & Sternberg (psicólogos cognitivos) hacen referencia a las historias de odio en su libro “La Naturaleza del Odio»: <<¿Por qué empleamos el concepto de historia? Pues porque en nuestra opinión, toda historia está asociada con una serie de sucesos anticipados. La cuestión clave es que la amenaza representa una historia dinámica y no simplemente una imagen estática>>. Agregan que los sucesos anticipados que conducen al odio probablemente no difieren tanto, pero que la cadena de sucesos anticipados tiene cinco etapas:

  1. El grupo odiado se revela como un anatema (maldición) aunque en algunos casos, los sucesos que llevaron a que ese grupo fuera marcado, tal vez nunca ocurrieron o quizá simplemente han sido imaginados, como ocurre cuando forman parte de una historia oral de dudosa validez.
  2. El grupo odiado planea acciones contrarias a los intereses del grupo ya que, cualquiera que sea el problema, este ya no es de naturaleza histórica sino actual y, en el proceso, se manipula para que se odie a miembros del grupo que está en el punto de mira.
  3. El grupo odiado hace sentir su presencia al aparecer de modo significativo en escena, se está haciendo fuerte.
  4. El grupo odiado traduce los planes en acciones conscientes de que la fase de planificación ha terminado; se encuentra traduciendo el pensamiento en acción, convirtiéndose de este modo en una auténtica «amenaza» y no solo hipotética.
  5. El grupo odiado está logrando cierto éxito en sus objetivos y en función de tales sentimientos, se convierte en una fuerza que debe ser tomada en consideración.

¿Les suena familiar? ¿En qué punto estamos en esta escalada del odio y sobre qué temas en nuestra sociedad?

Referencias
  1. Fuentes Osorio, J.L. El odio como delito. Revista Penal de Ciencia Electrónica Y Tecnología. 2017
  2. Sternberg & Sternberg. La naturaleza del odio. Paidós Contextos. España. 2010.
  3. Comprender y luchar contra el discurso del odio. United for Intercultural Action. European Network.
  4. Bucchioni, G., Lelard, T., Ahmaidi, S.,Godefroy, O., Krystkowiak P., MourasH. Do We Feel the Same Empathy for Loved and Hated Peers? PLOS ONE 10(5). 2008.
  5. Zeki, S. Romaya, J.P. Neural Correlates of Hate. PLOS ONE 3(10). 2008.
  6. Mariano Chóliz. Psicología de la emoción: el proceso emocional http://www.uv.es/=choliz.
  7. Valdez Medina, J. Significado, función y solución del odio en jóvenes: un análisis por sexo. México. 2008.
  8. Belmonte Martínez, C. Emociones y Cerebro. Rev. R. Acad. Cienc. Exact. Fís. Nat. Vol. 101, Nº. 1: 59-68.VII Programa de Promoción de la Cultura Científica y Tecnológica. España. 2007.

El Estigma en torno a los Trastornos Mentales

Por Trastorno Mental (TM) nos referimos a una condición o enfermedad que se caracteriza por la presencia de una combinación de alteraciones en la percepción, en el curso y contenido de  pensamiento, en las emociones y la conducta, que resulta en fallas en la forma en que los individuos afectados se relacionan a nivel interpersonal y con su entorno. Dentro de estos  se encuentran -por ejemplo- la depresión, los trastornos de ansiedad, el trastorno bipolar, la esquizofrenia, los trastornos del Neurodesarrollo (discapacidad intelectual, Trastorno del Espectro Autista), entre muchos otros.

Para que se den una idea de la problemática, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que aproximadamente una de cada cuatro personas en el mundo presentará algún trastorno mental a lo largo de su vida, lo que equivale a alrededor de 450 millones de personas a nivel mundial. En la actualidad, 300 millones sufren de depresión; 200 millones de algún trastorno de ansiedad; 60 millones de trastorno bipolar; 21 millones de esquizofrenia y más de 800 mil personas se suicidan cada año. Es precisamente por esto, que se  ha estado trabajando activamente en el mundo para cambiar la forma en que se  percibe la enfermedad mental. Sin embargo, prevalece la ignorancia y el estigma, lo que es preocupante.

Te pregunto ¿Sabes de qué manera puedes aportar tu granito de arena en la difícil labor de desestigmatizar los trastornos y enfermedades mentales? Para empezar, podrías leer esta entrada completa y preguntarte ¿A qué se refiere con estigmadesestigmatizar?

El estigma se percibe como “una marca de vergüenza, deshonra o desaprobación, que resulta en el rechazo, discriminación o exclusión, de un individuo en su participación social plena”. El estigma que sufren las personas que presentan un TM y que deriva -entre muchas otras cosas- del desconocimiento y la difusión de conceptos erróneos, complica el  tratamiento, el proceso de rehabilitación y, en consecuencia, el pronóstico de salud y percepción de calidad de vida de los afectados. Por lo tanto, desestigmatizar, implica remover esa “marca” impuesta, eliminar ese calificativo negativo, pero aceptando que ha sido atribuido de manera errónea y no certera.

A lo largo del tiempo, se ha desarrollado un estereotipo social de las personas con  un TM, ese “conocimiento socialmente aprendido que representa el acuerdo generalizado sobre lo que caracteriza a un determinado grupo”.

En el año 2016, se publicaron los resultados de una encuesta sobre Estigma y Discriminación en Salud Mental llevada a cabo en Cataluña en la cual, los propios pacientes, describieron aquellas características que usualmente las demás personas  les otorgan por el hecho de tener un TM.

Para empezar, asumir que todos los trastornos mentales son crónicos y que perdurarán “toda la vida”, es una idea falsa. Si bien es cierto que esto puede ocurrir, existen trastornos que pueden aparecer en un momento de la vida y remitir totalmente con el tratamiento apropiado. La atribución de inestabilidad, tiende a considerar que los afectados se encuentran permanentemente en crisis, concepción que no toma en consideración los episodios posibles de estabilidad o que el trastorno, como comenté antes, puede remitir completamente. Por el contrario, considera que presentan una ruptura permanente de la realidad que les rodea o que la realidad percibida está siempre alterada. Esta característica tiene estrecha relación con otras dos ya que, si el individuo está permanentemente en crisis ¿cómo no va a ser impredecible o hasta peligroso? Esto quiere decir que de forma inesperada y sin previo aviso, podrían presentar conductas socialmente inapropiadas, que -inclusive- podrían poner en riesgo la integridad de otras personas en un momento dado. Esta aseveración guarda de manera implícita que las reacciones que pudiesen tener las personas con TM, no siguen ningún patrón, no se pueden anticipar y son siempre inesperadas, lo que dista totalmente de la realidad y descripción clínica (más que reconocida) del patrón comportamental de ciertos trastornos. El rasgo de fragilidad, prácticamente les exonera de la capacidad de mantener cualquier grado de equilibrio; que aunque aparenten estar “compensados”, cualquier cosa podría derrumbarlos. Sumado a lo previo, existe también la tendencia a pensar que los afectados, viven en una realidad desordenada y caótica, que conlleva el riesgo de sucumbir a “ese mundo” y desarrollar también el trastorno, como si se pudiese contagiar. La falacia de la causa única, es también otro gran problema, que implica que el TM es el principio que explica todos los aspectos de la persona.

En contraste, también existen los estereotipos de rasgos positivos, como es el caso de la genialidad que les atribuye automáticamente capacidades creativas y cognitivas superiores a las del resto de la población, al mismo tiempo que devalúa o anula el malestar propio que el TM es capaz de provocar.

A continuación, es importante describir brevemente los tipos, la realidad y el impacto que el estigma tiene en los diferentes entornos:

  1. Familiar: La familia puede recluirse socialmente como estrategia para evitar el estigma y la discriminación, lo que reduce drásticamente su participación en actividades sociales. Esta reclusión social, suele responder a sentimientos de culpa y/o vergüenza ante el TM. Así mismo, la mitad de los pacientes, reconocen haber sufrido devaluación, rechazo, sobreprotección y control, por parte de un miembro de su propia familia.
  2. Educativo: Puede surgir en los docentes miedo, inseguridad, dudas y la percepción de que es una carga añadida la labor de enseñar a alumnos con TM en el aula. Por parte del alumnado, sufren de repudio y todo tipo de violencia, lo que ahora conocemos como “bullying”. Cuando se conoce el diagnóstico en el entorno educativo, la persona con un TM  suele retraerse (como mecanismo de defensa) ante la incomprensión y la discriminación sufrida y hasta abandonar los estudios o cambiar de Centro Educativo.
  3. Laboral: El ocultamiento es la principal estrategia para hacer frente al estigma y la discriminación. Por lo general, las personas con TM tienen menos oportunidades de ser contratadas; mayor probabilidad de ser tratadas injustamente (como anticipar que van a ser menos productivos, eficientes y conflictivas); y mayor riesgo de despido.
  4. Sanitario: Múltiples investigaciones han demostrado que, tanto el estereotipo negativo que existe (que no es muy diferente de aquel que prevalece en la sociedad en general), como el desconocimiento sobre los signos y síntomas característicos de un TM, interfieren con la calidad de la atención y el abordaje que reciben por parte de los profesionales e instituciones de salud, lo que lleva en ocasiones a que el personal atribuya síntomas propios de un malestar físico,  como secundarios al TM.
  5. Social: Suele reducir la red social de apoyo y conducirlos a un aislamiento, en ocasiones, mucho peor que aquel derivado propiamente del TM. Esto se debe, en parte, a que son comunes las reacciones de rechazo y el alejamiento por parte del grupo de amistades. Son vulnerables a sufrir burlas, insultos, coacción, menosprecio y violencia (física y sexual) a lo largo de la vida, lo que los lleva a que eviten buscar y establecer nuevas relaciones para no sentirse rechazados o agredidos nuevamente.
  6. Ejecutivo/Legislativo: El estigma también afecta a quienes promulgan leyes o normativas, lo cual tiene importantes repercusiones para las personas con TM, en relación al ejercicio de sus derechos humanos inherentes.

Cabe en este punto hacer mención especial sobre la influencia que los medios de comunicación tienen en esta problemática. Estos suelen representar la enfermedad mental de manera negativa, casi monstruosa, responsabilizando de los delitos y hechos violentos a los afectados.

Todo lo previamente descrito, contribuye en el desarrollo y perpetúa el estigma, incluyendo el más complejo e incisivo de todos: el autoestigma. La autoestima y desconfianza que el individuo tiene sobre sí mismo, va gradualmente creciendo, lo que obstaculiza la búsqueda de ayuda (se estima que cerca del 70% no reciben un tratamiento profesional adecuado); promueve el mal apego al tratamiento; provoca vergüenza; genera pesimismo sobre la recuperación; impacta de manera importante su percepción de calidad de vida.

Los trastornos mentales son un problema de salud pública  que representan el 30% de los problemas de salud no transmisibles según la OMS. Como ya mencioné, el estigma  entorpece la búsqueda de atención pese a que se dispone de tratamientos eficaces. ¿Qué podemos hacer entonces para desestigmatizarlos?

Para favorecer una mayor inclusión social de personas con trastornos mentales, la primera idea que surge es la importancia de contar con medidas transversales que involucren, simultáneamente, actividades a nivel legislativo, social, familiar e individual, para crear una sinergia entre todos los protagonistas. Tomando en consideración que los afectados consideran que existe un gran desconocimiento sobre los trastornos mentales en todos los ámbitos (como ya vimos) todas las acciones dirigidas a hablar y comprender sobre estos y sobre la salud mental en general, son invaluables.

Optimizar los recursos para la atención de los TM con canales informativos que otorguen a  la población datos certeros que incluyan, la promoción de las habilidades, competencias y capacidad de rehabilitación, autonomía e independencia, asegurándose que los mensajes lleguen a sus destinatarios de manera correcta. Además del poder que tiene la sociedad civil y profesionales de la salud mental para emprender  estrategias de este tipo, en diversos países se han publicado guías para orientar a los periodistas sobre cómo informar sobre la salud mental, comprendiendo que los medios de comunicación son capaces tanto de reforzar el estigma como de contribuir a eliminarlo.

En esta misma línea, las campañas de concienciación contra el estigma han demostrado ser una herramienta práctica y cómoda para la divulgación relacionada con los trastornos mentales y la importancia de buscar ayuda. La evidencia más sugestiva hasta ahora proviene de una campaña llevada a cabo por la “Alianza contra la Depresión de Nuremberg”. Esta es una intervención educativa comunitaria que promueve tres mensajes claves: el primero, que la depresión puede ser tratada; el segundo, que la depresión tiene muchas caras; y por último, que la depresión puede afectar a cualquier persona. La campaña se asoció con una reducción significativa en el número de actos suicidas asociados a depresión. Estos tres simples puntos se pueden generalizar en campañas específicas para cada TM, invirtiendo también tiempo en la difusión de las características clínicas  específicas que cada trastorno tiene.

Igual de importantes son los programas creados para  reforzar los recursos personales de las persona con TM, ya que han demostrado que aumentan la autoestima y brindan mayor control a sus vidas. Dichos programas deben ser desarrollados tanto por profesionales como por ex-pacientes del sistema de salud, debido a que esto establece una relación más equitativa profesional-paciente en la que los segundos tienen un rol más activo en los planes de atención sanitaria y pueden exigir y ejercer mejor sus derechos.

Otras acciones incluyen el dejar de utilizar los nombres de trastornos mentales como calificativos negativos, a manera de burla o insulto; empezar a hablar, pero sin temor, sobre aquellos temas “fuertes” pero serios, por ejemplo, sobre el suicidio; ser compasivos y respetuosos hacia los demás y hacia la “lucha” personal que cada quien lleva; acercarse y aprender de la experiencia escuchando directamente a personas afectadas y así convertirte en un agente de cambio.

 ¿Qué te parece si empiezas hoy mismo?

 

Referencias:
  1. Henderson, Claire y cols. Relationships between anti-stigma programme awareness, disclosure comfort and intended help-seeking regarding a mental health problem. British Journal of Psychiatry, 211 (5):316-322. 2017.
  2. Chang S, Ong HL, Seow E, et al. Stigma towards mental illness among medical and nursing students in Singapore: a cross- sectional study. BMJ Open. 2017.
  3. El Estigma y la Discriminación en Salud Mental en Cataluña. España, 2016.
  4. Sánchez Castillo, M. y Collado Boira, E. Estigma en los Profesionales de la Salud Mental. Universitat Jaume. España, 2016.
  5. Mascayano Tapia, F. Estigma hacia los trastornos mentales: características e intervenciones, Salud Mental, Vol. 38, No. 1. 2015.
  6. Salud mental e inclusión social. Situación actual y recomendaciones contra el estigma (estudio). Confederación Salud Mental España. 2015.
  7. Muñoz, M. y cols. Estigma y enfermedad mental. Análisis del rechazo social que sufren las personas con enfermedad mental. Editorial Complutense. 2009.
  8. López, M. y cols. La lucha contra el estigma y la discriminación en salud mental. Una estrategia compleja basada en la información disponible. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Vol. XXVIII, No. 101, págs: 43-83. 2008.
  9. Arnaiz, A. y Uriarte, J. Estigma y Enfermedad Mental. Salud Mental, No. 26, págs: 49-59. 2006.

 

Sobre la Personalidad y sus Trastornos

 

¿Quién no ha escuchado esta máxima? En el sentido psicológico implicaría “mirar para atrás” y lograr de esta manera entender por qué actuamos de cierta forma, explorar todo lo vivido desde pequeños para que nuestro presente cobre sentido, para entendernos. Sin embargo, contradictoriamente el verdadero objetivo de esta propuesta que data desde la antigua Grecia, era el de invitar a las personas a  reflexionar  pero con un propósito futuro; concluir cómo la manera de pensar, lo que uno dice y  hace definitivamente impacta el presente pero, aún más importante, cómo impacta el futuro, para poder así reconocer todo aquello que debemos modificar para ser mejores. Pero si no soy capaz de llevar a cabo esta introspección ¿Cómo pretendo lograr un equilibrio? ¿Cómo puedo tener dominio sobre mi propio ser?

Debemos prestar atención a la forma en que reaccionamos ante las situaciones estresantes de la vida, qué pensamos en ese momento, cómo nos sentimos, cómo nos comportamos, pero no solamente hacia los demás, sino también hacia uno mismo. Puede ser que una situación específica nos lleve a pensar que “equis persona no me quiere”  pero ¿qué pienso y siento por mí mismo al momento de llegar a esa conclusión? Esa idea puede generar estados de estrés negativo o positivo (sí… el estrés positivo existe) y en vez de pensar que «fui un tonto” y sentirme triste, piense “de qué me sirve tener cerca a una persona que no me quiere” y agradecerle a la vida por quitármela del camino.  Si ante el mismo hecho o ante situaciones similares tiendo a tener el mismo patrón de respuesta negativa ¿cómo pretendo que las cosas cambien si reacciono siempre de la misma manera?

Sin embargo, más allá del esfuerzo voluntario de cambiar una idea negativa por otra positiva para, en consecuencia, modificar la cascada de respuesta emocional y conductual que esta genera (premisa básica de la terapia cognitivo conductual) en ocasiones, ciertos patrones desadaptativos de respuesta (psíquicos, afectivos y conductuales) podrían estar definidos por una fuerza mayor, mucho más difícil de controlar. La búsqueda para comprender profundamente la personalidad humana, ha evolucionado desde el siglo IV A.C., cuando por primera vez Hipócrates describió cuatro tipos de temperamentos relacionados a cuatro humores corporales distintos (bilis amarilla=colérico, bilis negra=melancólico, flema=racional y sangre=valiente); pasando por las primeras descripciones no patológicas y patológicas de la personalidad; hasta las teorías actuales descritas gracias a los avances de las neurociencias.  Esta disciplina se ha encargado de esclarecer la relación que existe entre las estructuras del sistema nervioso y fenómenos funcionales como caminar, hablar, reír, llorar, etc.  Gracias a esta, se han podido explicar algunos de los procesos biológicos detrás de  los distintos tipos de personalidad y sus perturbaciones.

Es que “yo soy así”

¿Cómo eres realmente? ¿Te conoces? Antes de elaborar brevemente los diferentes tipos de personalidad descritos en la Quinta Edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) es importante dejar claros algunos conceptos y reforzar también la base biológica de nuestra personalidad.

¿Se nace o se hace la personalidad?

Ambos aspectos son ciertos. Nuestra personalidad resulta de la interacción entre todo aquello que biológicamente nos constituye y el ambiente. Con esto me refiero a que aunque la experiencia va modelando nuestra forma de ser, estudios afirman que el 52% de nuestros rasgos de personalidad se lo debemos a la herencia (genética).

¿Qué es la personalidad?

Por personalidad nos referimos al patrón persistente de rasgos cognitivos (curso y contenido del pensamiento); afectivos y conductuales, hondamente arraigados y ampliamente utilizados por un individuo en todas las áreas en lasque se desenvuelve. El aspecto central para definir el tipo de personalidad que tenemos, gira en torno a la forma en que afrontamos las diferentes situaciones que se nos presentan de manera cotidiana. Este patrón de afrontamiento define los rasgos de nuestra personalidad.

En la actualidad se reconocen 10 diferentes tipos de personalidad, agrupados en tres grandes grupos, con base en ciertos rasgos similares ¿te parece si tratas de reconocer en cuál encajas?

  1. Los raros y excéntricos
  • Personalidad Paranoide.

Tendencia a atribuir motivaciones malintencionadas en las acciones de los demás y percibirse como “víctimas” de constantes injusticias, por lo que pueden actuar con el objetivo constante de reivindicarse o reparar el daño percibido. Desconfiados y suspicaces, dudan de la lealtad de otros. Pueden llegar (no siempre) a ser intolerantes, rencorosos,  irritables, iracundos y hasta hostiles.

  • Personalidad Esquizoide.

Solitarios y con tendencia a ser distantes con las relaciones sociales, pero cercanos con su núcleo familiar. Responden en términos intelectuales a cosas a las que, la mayoría de las personas, responden emocionalmente ya sea con tristeza, ansiedad, etc. No les interesa mucho mantener cercanía con otras personas porque no las disfrutan o no les importa realmente. Poco expresivos, indiferentes a la crítica y con escaso interés sexual. Son las personas mal llamadas “antisociales” que, como veremos más adelante, tienen otro tipo de característica.

  • Personalidad Esquizotípica.

Extravagantes en su comportamiento, pensamiento, lenguaje, afecto y aspecto (arreglo), lo que afecta de manera importante las relaciones sociales, ya sea  porque las personas los evitan o porque ellos mismos  deciden hacerse a un lado porque reconocen que “no encajan” con la mayoría. Tienden a un pensamiento mágico y místico que además podría en ocasiones influir y distorsionar la forma en que ven la realidad, lo que se traduce en la descripción de haber vivido experiencias perceptivas inusuales. Son vistos por los demás como personas «singulares» y «raras».

  1. Los dramáticos, emocionales y erráticos
  • Personalidad Límite.

Emociones muy  “cambiantes” e inestables, al igual que sus relaciones interpersonales. Tienen la tendencia a que su autoestima sea dependiente y su autoimagen está frecuentemente afectada. Pueden sentirse incomprendidos, vacíos, con temor –real o imaginario- al abandono; así como suponer que cosas que ocurren a su alrededor, se relacionan con ellos (pensamiento referencial). Impulsivos, pudiendo llegar a actuar con agresividad hacia otros y hacia sí mismos; son frecuentes las conductas compulsivas de índole sexual, alimenticia y de consumo de sustancias.

  • Personalidad Antisocial.

Presentan un comportamiento inadaptado y carente de empatía; llevado a cabo con desprecio y violación de los derechos de los otros, con el objetivo de imponer los propios. Las acciones cometidas, no generan remordimiento alguno. También suelen ser impulsivos, agresivos e imprudentes.

  • Personalidad Histriónica.

Amantes de ser el centro de atención, suelen ser personas vanidosas, muy preocupadas por su atractivo físico, excitables, emotivas, seductoras, dramáticas y extrovertidas. Les es difícil mantener vínculos profundos y duraderos. Su comportamiento es “pintoresco” y suele ir acompañado por un aspecto físico llamativo.  Sugestionables y con ausencia de matices a la hora de expresar sus emociones.

  • Personalidad Narcisista.

Poseedores de ideas y comportamientos de suma grandiosidad, tienen la sensación de ser y hacer todo perfectamente bien, por lo que exigen en respuesta admiración por parte del resto de las personas que no están a su nivel. Suelen ser arrogantes y devaluadores hacia los demás,  faltos de empatía, con fantasías de éxito especial y único, lo que presumen.  A juicio personal,  perfecto proceder  genera  “envidia” en el resto de las personas. 

  1. Los ansiosos y temerosos
  • Personalidad Obsesivo-Compulsiva.

Diferente al Trastorno Obsesivo-Compulsivo, son personas muy preocupadas por el orden, la homogeneidad y la simetría. Suelen ser  detallistas, perfeccionistas y poseedores de un pensamiento y comportamiento rígido, estructurado e inflexible. Excesivamente dedicados y obstinados, pueden incurrir en la acumulación de objetos innecesarios y la necesidad de comprobar y volver a comprobar lo que hacen. Controladores y reacios  a delegar porque las cosas “jamás van a estar bien hechas” si no las hacen ellos mismos. En búsqueda constante de la perfección,  la que –obviamente-  nunca encuentran.

  • Personalidad Evitativa.

Personas usualmente tímidas que, como bien lo describe su nombre,  evitan relacionarse con los demás, aunque sí lo deseen,  por ser muy sensibles al rechazo y temerosos de las críticas. Se esfuerzan por agradar y caer bien, esfuerzo que puede llegar a ser muy evidente.

  • Personalidad por Dependencia.

Altamente sugestionables, sumisos y “necesitados” de los demás, pueden parecer incapaces de estar solos y mostrar mucho temor de separarse de los demás. Tienen dificultad para iniciar proyectos o tomar decisiones propias, por lo que buscan la aprobación u opinión constante de otras personas, llegando en ocasiones, a delegarles a estos la responsabilidad de la toma de decisiones importantes de su vida.

Es probable que en este punto, hayamos detectado en cuál de estos tipos de personalidad encajamos o encajan personas a las que conocemos. También podríamos reconocer características de dos o más tipos diferentes. Esto es porque, como describí antes,  todos los seres humanos tenemos rasgos de personalidad. Entonces ¿cuándo los rasgos de personalidad se transforman en un trastorno?  

¿Qué es un Trastorno de Personalidad?

Se establece que los rasgos de la personalidad son lo suficientemente disfuncionales como para englobarlos dentro del concepto de “trastorno”, cuando ese patrón de respuesta tiende a ser persistente y diferente de lo social/culturalmente esperado, por lo que el individuo se ve expuesto a constantes conflictos interpersonales, que impactan su desempeño general a nivel familiar, escolar, laboral y social. 

Si pudiésemos resumir en varios puntos las particularidades de los trastornos de personalidad, tendríamos la presencia de:

  • Comportamientos carentes de armonía que afectan las emociones, la forma en que se expresan las mismas, la percepción hacia uno mismo y el entorno,  el comportamiento (control de impulsos) y la forma en que nos relacionamos con los demás.
  • Todo lo previamente descrito es duradero o persistente en el tiempo y no episódico.  
  • El patrón cognitivo-afectivo-comportamental de personalidad no contribuye a la adaptación del individuo en su entorno. Por el contrario, la persona se relaciona con su entorno de una manera rígida, inhibiendo la elaboración de otras estrategias de afrontamiento que le permitan adaptarse mejor.
  • El patrón de personalidad genera malestar personal y hasta sufrimiento emocional.
  • El trastorno por lo general (aunque no siempre) está acompañado por deterioro significativo del rendimiento y desempeño, por ejemplo, podemos notar incapacidad para mantener una relación de pareja, un trabajo y vida social. 
  • La persona no suele estar consciente de la incomodidad que genera o el impacto negativo que tiene en otros, la forma en que afronta una situación o problema determinado. Es esa persona que tiene problemas con “Raimundo y todo el mundo” pero piensa que el problema principal radica en el mundo y no en ellos.
  • Las manifestaciones descritas suelen aparecer durante la adolescencia o inicio de la etapa  adulta. 

Se estima que entre el 10-13% de la población general tiene un trastorno de personalidad.

¿Qué debo hacer?

Las ideas, emociones e impulsos negativos, pueden afectarnos de muchas formas. Antes que nada, es importante tener claras las motivaciones que nos inviten a querer cambiar. Algunas de estas pueden ser el sufrimiento emocional percibido, la dificultad para resolver situaciones cotidianas, problemas con la pareja, entre otras. Entonces, se debe empezar por entender el origen de aquellas reacciones negativas, para poder modificar la reacción ante ese hecho específico o ante hechos similares a través del aprendizaje  de  patrones de respuesta más estables y adaptativos.

Un buen inicio es el manejo de la atención. Se preguntarán ¿eso qué tiene que ver? Por lo general, cuando experimentamos una emoción negativa, volcamos la atención hacia ideas o pensamientos que mantienen latente dicha emoción, una especie de «feedback negativo» que hace que el malestar crezca y, en consecuencia, el conflicto. Por el contrario, si nos aislamos por un periodo prudente de tiempo (5 a 30 minutos) o desplazamos nuestra atención hacia otra cosa o idea positiva, podremos actuar de manera más calmada, una vez la idea y emoción negativa se hayan disipado. Alternativas al aislamiento temporal  son salir a caminar, trotar o realizar otra actividad física, darse un baño con agua tibia, escuchar la música que te agrade, etc. 

En segundo lugar, las situaciones difíciles o de conflicto, ponen a prueba nuestra autoestima. El trabajo de la autoestima es fomentar las ideas positivas con respecto a uno mismo, así como desvanecer los procesos autodestructivos que pudimos haber heredado o adquirido durante nuestro desarrollo. Cuando una persona no se siente amenazada por alguna circunstancia, no desarrollará reacciones negativas. Sin embargo, si de alguna forma percibimos como amenaza a aquello a lo que nos estamos enfrentando, de esa manera vamos a reaccionar. Las respuestas negativas surgen dependiendo de qué tan capaces o incapaces nos sentimos para afrontar una situación que nos resulta desagradable.

Por último, en el caso de reconocer un patrón de respuesta disfuncional sugerente de un trastorno de personalidad, es importante considerar la evaluación formal por parte de un profesional de la salud mental.

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