Conversación Transformadora: Cinco Temas Constructivos que Abordar sobre el Suicidio

En un mundo donde la adversidad y el estrés puede nublar nuestro camino, surge la necesidad apremiante de enfocar la mirada también en aquello que brinda esperanza y soluciones, sobre todo, cuando se trata de temas delicados y profundos como es el el caso de hablar sobre el suicidio.

Debemos idealmente reflexionar con una actitud comprensiva y respetuosa para poder transformar la manera en que lo abordamos. Estamos llamados a alzar la voz y educar sobre prevención en salud mental, para poder forjar una red de apoyo que pueda crear y afianzar vínculos que superen las barreras de quienes se enfrentan a esta realidad.

Además de educar directamente sobre el suicidio (prevalencia, factores de riesgo, alertas, etc.), es esencial cambiar el discurso y hablar sobre aquellos factores que a nivel macro, también inciden sobre una situación de por sí compleja, pero para reconocerlos como indispensables de atender para encontrar posibles soluciones.

¿Qué te parece si reflexionamos sobre algunos puntos importantes?

Concienciación y Educación

La concienciación y la educación sobre la salud mental y el suicidio, desempeñan un papel fundamental para fomentar el desarrollo de una sociedad más comprensiva y solidaria. A medida que aumenta la comprensión de los desafíos a los que se enfrentan las personas con problemas de salud mental, nos encaminamos más hacia una sociedad libre de estigmas y con un mayor sentido de comunidad y capacidad de apoyo.

Apoyo Comunitario

Fomentar un sentido de comunidad y apoyo, genera entornos seguros en los que las personas se sienten más cómodas compartiendo sus malestares y finalmente busquen ayuda. Las iniciativas locales, los grupos de apoyo y diversas actividades sociales para promover el vínculo entre un grupo de personas, promueve la creación de redes sólidas, seguras y perdurables en el tiempo.

Involucrar a las personas en iniciativas de prevención del suicidio, puede crear un sentido de propósito y pertenencia. Eventos, campañas y proyectos que involucren a líderes comunitarios pueden hacer una diferencia significativa.

Promoción de la Resiliencia:

Primero ten presente que “resiliencia” es la capacidad de una persona para afrontar situaciones adversas y verse transformado por esta.

Mantener el autocuidado, fomentar una red de apoyo, aprender técnicas de afrontamiento efectivas, trabajar en la capacidad de ser flexible cognitivamente y buscar crecimiento personal, son algunas maneras de desarrollarla.

Enfoque Positivo en la Salud Mental:

Cambiar la narrativa en torno a la salud mental, desde una perspectiva negativa o patológica a una enfoque positivo y de bienestar, puede motivar a las personas a cuidar de su salud mental de manera proactiva,

Compartir historias de personas que han superado momentos difíciles y han encontrado esperanza y recuperación puede inspirar a otros y mostrarles que no están solos en sus luchas. Es importante validar las experiencias negativas al mismo tiempo que se brinda esperanza para afrontarlas.

Acceso a Recursos:

El porcentaje del presupuesto estatal que se invierte en programas de salud mental, varía significativamente de un país a otro y de año en año, debido a cambios en las políticas gubernamentales y en las prioridades de gasto.

Lastimosamente, en muchos países la falta de interés y el desconocimiento de esta problemática, lleva a una inversión tan baja como del 1% en contraste con otros países o regiones que invierten hasta un 10% (Reino Unido, Australia, Canadá, Países. Años, etc.).

Que se aseguren recursos tales como el acceso a la atención y tratamiento especializado, a líneas de ayuda y plataformas psicoeducativas digitales con información seria, etc., aumenta la confianza en las autoridades pertinentes y el bienestar de la población al saber que sus necesidades son tomadas en cuenta y satisfechas.

Antes de terminar, te dejo a continuación algunas estrategias que puedes implementar, desde tu lugar en el mundo y competencias, para aportar en la labor de concienciar y educar sobre salud y suicido:

1. Campañas de sensibilización en medios de comunicación

  • Colabora con medios de comunicación como televisión, radio, medios impresos y recursos en línea, para difundir mensajes educativos sobre salud mental y prevención del suicidio.
  • Puedes utilizar anuncios, documentales y programas informativos para llegar a un público amplio. Únete y participa de iniciativas nacionales e internacionales.

2. Eventos y Conferencias

  • Organiza o participa de eventos, seminarios y conferencias sobre salud mental y prevención del suicidio.
  • Invita o apóyate en expertos en el campo, sobrevivientes y personas influyentes para hablar sobre el tema y compartir información valiosa.

3. Campañas en Redes Sociales

  • Utiliza las diferentes Redes Sociales para difundir mensajes, historias inspiradoras y recursos sobre salud mental.
  • Crea campañas de concienciación utilizando “hashtags” relevantes y comparte información accesible y fácil de entender.

4. Programas Educativos en Escuelas y Universidades

  • Organiza o colabora con instituciones educativas para incorporar la educación sobre salud mental y prevención del suicidio.
  • Realiza o asiste a talleres, charlas y actividades que aborden estos temas de manera sensible y educativa.

5. Alianzas con Organizaciones

  • Colabora con organizaciones de salud mental, hospitales, clínicas y grupos comunitarios para crear programas conjuntos de concienciación.
  • Lo previo puede incluir la planeación de ferias de salud mental, grupos de apoyo y actividades de recaudación de fondos.

En última instancia, reconocer y trabajar en la mejora de aquellos factores que influyen en la salud mental y la prevención del suicidio a nivel gubernamental y comunitario, es un paso crucial hacia la construcción de comunidades más sólidas, compasivas y respetuosas.

A medida que nos unimos para promover la conciencia, desterrar el estigma y fortalecer los sistemas de apoyo, estamos sembrando las semillas de un futuro en el que cada individuo sienta que su bienestar mental es una prioridad compartida.

A través de la educación continua, el acceso mejorado a los recursos y la promoción del diálogo abierto, estamos trazando un camino hacia un mundo en el que cada persona pueda enfrentar los desafíos con resiliencia y encontrar el apoyo que merece.

Debemos construir juntos un círculo de cuidado que abarca a toda la comunidad, brindando esperanza y un recordatorio constante de que nadie está solo.

«Trabajando juntos para prevenir el suicidio»

“Trabajando Juntos para Prevenir el Suicidio”, este es el lema planteado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el 2019, hoy 10 de septiembre, “Día Mundial para la Prevención del Suicidio”. Mientras, me pregunto ¿Realmente lo estamos haciendo juntos? Categóricamente me atrevo a responder esa interrogante: NO. Aún recae sobre ciertos elementos de la sociedad la ardua labor establecida como «prioritaria» por la OMS en el Plan de Acción 2013-2020 de los Estados Miembros de «trabajar para alcanzar la meta mundial de reducir las tasas nacionales de suicidios en un 10%» para el próximo año.

El suicido es la consecuencia más grave de los problemas de salud mental. Pese a esto, apenas el 1 de marzo pasado, la Organización Panamericana de la Salud OPS/OMS en Washington D.C., destacaron en su último informe que, «si bien es cierto que más de un tercio de la discapacidad total en la región de las Américas se debe a trastornos mentales, la inversión actual (de los estados) es muy inferior a la necesaria para abordar la carga (y agrego impacto) que estas enfermedades suponen para la salud pública», e instaron a los países a incrementar el presupuesto destinado a la salud mental y asignar los recursos a intervenciones de costoeficacia más comprobada.

Ahora, deseo cambiar un poco el matiz de este breve escrito y reiterar, como ya lo hecho muchas veces antes, que es indispensable que hablemos sobre el suicidio de manera cotidiana, con la misma intensidad, pasión y hasta angustia que nos generan otros temas “actuales” como la política, la educación, el transporte público, entre otros. Deseo hablarles desde la experiencia, con esa misma pasión que les pido, y no solamente desde la evidencia (al final la  primera te recuerda que la segunda no ha surgido por amor al arte), ya que diariamente niños, adolescentes, adultos jóvenes y adultos mayores, por  diversos motivos, piensan en un momento dado que el suicidio es “la mejor opción” o “la mejor manera de acabar con su sufrimiento” y algunos, lastimosamente, lo consiguen.

En este punto es importante que comprendan que el suicidio no tiene rostro:  no discrimina edad, género, nacionalidad; no le importa si el carro que manejas es del año, ni la cantidad de ceros que tienes en tu cuenta de ahorros o cuántos o cuáles títulos cuelgan de tu pared. Es una realidad que toma la vida de entre 800 mil y un millón de personas alrededor del mundo cada año y, dependiendo de cuanto tiempo te tome leer este post, habrá muerto al menos una, ya que cada 40 segundos una persona muere por suicidio en el mundo.

A ti que me lees, dos hechos en el presente innegables: el suicidio te puede tocar directa o indirectamente en algún momento de tu vida y el suicido es prevenible. La salud mental es eso, salud, y como cualquier problema, hay que atenderla y tomar medidas para prevenir trastornos de cualquier tipo y así disminuir el riesgo de que el suicidio toque a tu puerta.

Pensar que aquel que realiza amenazas suicidas solamente “quiere llamar la atención”, cuando en realidad está pidiendo a gritos ayuda;  o juzgar como “débil” al que muere por suicidio, solamente demuestra que vives en una burbuja y que no reconoces el rol protagónico que tienes como miembro de esta sociedad para prevenir y abordar oportunamente este grave problema de salud pública.

Discursos como ese, solamente promueven el estigma, esa «marca» que, por definición,  da «vergüenza, deshonra o desaprobación a quien se le atribuye y resulta en el rechazo, discriminación o exclusión de un individuo en su participación social plena”, lo que solamente viene a empeorar el problema.

Como dicen, no juzgues al otro por tu propia condición,  mejor respeta sus emociones, su sufrimiento, su realidad,  practica la escucha atenta y ofrece ayuda,  podrías estar salvando una vida; y no olvides que la única manera que como sociedad vamos a empezar a generar cambios grandes, es JUNTOS, no hay otra…

 

El Estigma en torno a los Trastornos Mentales

Por Trastorno Mental (TM) nos referimos a una condición o enfermedad que se caracteriza por la presencia de una combinación de alteraciones en la percepción, en el curso y contenido de  pensamiento, en las emociones y la conducta, que resulta en fallas en la forma en que los individuos afectados se relacionan a nivel interpersonal y con su entorno. Dentro de estos  se encuentran -por ejemplo- la depresión, los trastornos de ansiedad, el trastorno bipolar, la esquizofrenia, los trastornos del Neurodesarrollo (discapacidad intelectual, Trastorno del Espectro Autista), entre muchos otros.

Para que se den una idea de la problemática, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que aproximadamente una de cada cuatro personas en el mundo presentará algún trastorno mental a lo largo de su vida, lo que equivale a alrededor de 450 millones de personas a nivel mundial. En la actualidad, 300 millones sufren de depresión; 200 millones de algún trastorno de ansiedad; 60 millones de trastorno bipolar; 21 millones de esquizofrenia y más de 800 mil personas se suicidan cada año. Es precisamente por esto, que se  ha estado trabajando activamente en el mundo para cambiar la forma en que se  percibe la enfermedad mental. Sin embargo, prevalece la ignorancia y el estigma, lo que es preocupante.

Te pregunto ¿Sabes de qué manera puedes aportar tu granito de arena en la difícil labor de desestigmatizar los trastornos y enfermedades mentales? Para empezar, podrías leer esta entrada completa y preguntarte ¿A qué se refiere con estigmadesestigmatizar?

El estigma se percibe como “una marca de vergüenza, deshonra o desaprobación, que resulta en el rechazo, discriminación o exclusión, de un individuo en su participación social plena”. El estigma que sufren las personas que presentan un TM y que deriva -entre muchas otras cosas- del desconocimiento y la difusión de conceptos erróneos, complica el  tratamiento, el proceso de rehabilitación y, en consecuencia, el pronóstico de salud y percepción de calidad de vida de los afectados. Por lo tanto, desestigmatizar, implica remover esa “marca” impuesta, eliminar ese calificativo negativo, pero aceptando que ha sido atribuido de manera errónea y no certera.

A lo largo del tiempo, se ha desarrollado un estereotipo social de las personas con  un TM, ese “conocimiento socialmente aprendido que representa el acuerdo generalizado sobre lo que caracteriza a un determinado grupo”.

En el año 2016, se publicaron los resultados de una encuesta sobre Estigma y Discriminación en Salud Mental llevada a cabo en Cataluña en la cual, los propios pacientes, describieron aquellas características que usualmente las demás personas  les otorgan por el hecho de tener un TM.

Para empezar, asumir que todos los trastornos mentales son crónicos y que perdurarán “toda la vida”, es una idea falsa. Si bien es cierto que esto puede ocurrir, existen trastornos que pueden aparecer en un momento de la vida y remitir totalmente con el tratamiento apropiado. La atribución de inestabilidad, tiende a considerar que los afectados se encuentran permanentemente en crisis, concepción que no toma en consideración los episodios posibles de estabilidad o que el trastorno, como comenté antes, puede remitir completamente. Por el contrario, considera que presentan una ruptura permanente de la realidad que les rodea o que la realidad percibida está siempre alterada. Esta característica tiene estrecha relación con otras dos ya que, si el individuo está permanentemente en crisis ¿cómo no va a ser impredecible o hasta peligroso? Esto quiere decir que de forma inesperada y sin previo aviso, podrían presentar conductas socialmente inapropiadas, que -inclusive- podrían poner en riesgo la integridad de otras personas en un momento dado. Esta aseveración guarda de manera implícita que las reacciones que pudiesen tener las personas con TM, no siguen ningún patrón, no se pueden anticipar y son siempre inesperadas, lo que dista totalmente de la realidad y descripción clínica (más que reconocida) del patrón comportamental de ciertos trastornos. El rasgo de fragilidad, prácticamente les exonera de la capacidad de mantener cualquier grado de equilibrio; que aunque aparenten estar “compensados”, cualquier cosa podría derrumbarlos. Sumado a lo previo, existe también la tendencia a pensar que los afectados, viven en una realidad desordenada y caótica, que conlleva el riesgo de sucumbir a “ese mundo” y desarrollar también el trastorno, como si se pudiese contagiar. La falacia de la causa única, es también otro gran problema, que implica que el TM es el principio que explica todos los aspectos de la persona.

En contraste, también existen los estereotipos de rasgos positivos, como es el caso de la genialidad que les atribuye automáticamente capacidades creativas y cognitivas superiores a las del resto de la población, al mismo tiempo que devalúa o anula el malestar propio que el TM es capaz de provocar.

A continuación, es importante describir brevemente los tipos, la realidad y el impacto que el estigma tiene en los diferentes entornos:

  1. Familiar: La familia puede recluirse socialmente como estrategia para evitar el estigma y la discriminación, lo que reduce drásticamente su participación en actividades sociales. Esta reclusión social, suele responder a sentimientos de culpa y/o vergüenza ante el TM. Así mismo, la mitad de los pacientes, reconocen haber sufrido devaluación, rechazo, sobreprotección y control, por parte de un miembro de su propia familia.
  2. Educativo: Puede surgir en los docentes miedo, inseguridad, dudas y la percepción de que es una carga añadida la labor de enseñar a alumnos con TM en el aula. Por parte del alumnado, sufren de repudio y todo tipo de violencia, lo que ahora conocemos como “bullying”. Cuando se conoce el diagnóstico en el entorno educativo, la persona con un TM  suele retraerse (como mecanismo de defensa) ante la incomprensión y la discriminación sufrida y hasta abandonar los estudios o cambiar de Centro Educativo.
  3. Laboral: El ocultamiento es la principal estrategia para hacer frente al estigma y la discriminación. Por lo general, las personas con TM tienen menos oportunidades de ser contratadas; mayor probabilidad de ser tratadas injustamente (como anticipar que van a ser menos productivos, eficientes y conflictivas); y mayor riesgo de despido.
  4. Sanitario: Múltiples investigaciones han demostrado que, tanto el estereotipo negativo que existe (que no es muy diferente de aquel que prevalece en la sociedad en general), como el desconocimiento sobre los signos y síntomas característicos de un TM, interfieren con la calidad de la atención y el abordaje que reciben por parte de los profesionales e instituciones de salud, lo que lleva en ocasiones a que el personal atribuya síntomas propios de un malestar físico,  como secundarios al TM.
  5. Social: Suele reducir la red social de apoyo y conducirlos a un aislamiento, en ocasiones, mucho peor que aquel derivado propiamente del TM. Esto se debe, en parte, a que son comunes las reacciones de rechazo y el alejamiento por parte del grupo de amistades. Son vulnerables a sufrir burlas, insultos, coacción, menosprecio y violencia (física y sexual) a lo largo de la vida, lo que los lleva a que eviten buscar y establecer nuevas relaciones para no sentirse rechazados o agredidos nuevamente.
  6. Ejecutivo/Legislativo: El estigma también afecta a quienes promulgan leyes o normativas, lo cual tiene importantes repercusiones para las personas con TM, en relación al ejercicio de sus derechos humanos inherentes.

Cabe en este punto hacer mención especial sobre la influencia que los medios de comunicación tienen en esta problemática. Estos suelen representar la enfermedad mental de manera negativa, casi monstruosa, responsabilizando de los delitos y hechos violentos a los afectados.

Todo lo previamente descrito, contribuye en el desarrollo y perpetúa el estigma, incluyendo el más complejo e incisivo de todos: el autoestigma. La autoestima y desconfianza que el individuo tiene sobre sí mismo, va gradualmente creciendo, lo que obstaculiza la búsqueda de ayuda (se estima que cerca del 70% no reciben un tratamiento profesional adecuado); promueve el mal apego al tratamiento; provoca vergüenza; genera pesimismo sobre la recuperación; impacta de manera importante su percepción de calidad de vida.

Los trastornos mentales son un problema de salud pública  que representan el 30% de los problemas de salud no transmisibles según la OMS. Como ya mencioné, el estigma  entorpece la búsqueda de atención pese a que se dispone de tratamientos eficaces. ¿Qué podemos hacer entonces para desestigmatizarlos?

Para favorecer una mayor inclusión social de personas con trastornos mentales, la primera idea que surge es la importancia de contar con medidas transversales que involucren, simultáneamente, actividades a nivel legislativo, social, familiar e individual, para crear una sinergia entre todos los protagonistas. Tomando en consideración que los afectados consideran que existe un gran desconocimiento sobre los trastornos mentales en todos los ámbitos (como ya vimos) todas las acciones dirigidas a hablar y comprender sobre estos y sobre la salud mental en general, son invaluables.

Optimizar los recursos para la atención de los TM con canales informativos que otorguen a  la población datos certeros que incluyan, la promoción de las habilidades, competencias y capacidad de rehabilitación, autonomía e independencia, asegurándose que los mensajes lleguen a sus destinatarios de manera correcta. Además del poder que tiene la sociedad civil y profesionales de la salud mental para emprender  estrategias de este tipo, en diversos países se han publicado guías para orientar a los periodistas sobre cómo informar sobre la salud mental, comprendiendo que los medios de comunicación son capaces tanto de reforzar el estigma como de contribuir a eliminarlo.

En esta misma línea, las campañas de concienciación contra el estigma han demostrado ser una herramienta práctica y cómoda para la divulgación relacionada con los trastornos mentales y la importancia de buscar ayuda. La evidencia más sugestiva hasta ahora proviene de una campaña llevada a cabo por la “Alianza contra la Depresión de Nuremberg”. Esta es una intervención educativa comunitaria que promueve tres mensajes claves: el primero, que la depresión puede ser tratada; el segundo, que la depresión tiene muchas caras; y por último, que la depresión puede afectar a cualquier persona. La campaña se asoció con una reducción significativa en el número de actos suicidas asociados a depresión. Estos tres simples puntos se pueden generalizar en campañas específicas para cada TM, invirtiendo también tiempo en la difusión de las características clínicas  específicas que cada trastorno tiene.

Igual de importantes son los programas creados para  reforzar los recursos personales de las persona con TM, ya que han demostrado que aumentan la autoestima y brindan mayor control a sus vidas. Dichos programas deben ser desarrollados tanto por profesionales como por ex-pacientes del sistema de salud, debido a que esto establece una relación más equitativa profesional-paciente en la que los segundos tienen un rol más activo en los planes de atención sanitaria y pueden exigir y ejercer mejor sus derechos.

Otras acciones incluyen el dejar de utilizar los nombres de trastornos mentales como calificativos negativos, a manera de burla o insulto; empezar a hablar, pero sin temor, sobre aquellos temas “fuertes” pero serios, por ejemplo, sobre el suicidio; ser compasivos y respetuosos hacia los demás y hacia la “lucha” personal que cada quien lleva; acercarse y aprender de la experiencia escuchando directamente a personas afectadas y así convertirte en un agente de cambio.

 ¿Qué te parece si empiezas hoy mismo?

 

Referencias:
  1. Henderson, Claire y cols. Relationships between anti-stigma programme awareness, disclosure comfort and intended help-seeking regarding a mental health problem. British Journal of Psychiatry, 211 (5):316-322. 2017.
  2. Chang S, Ong HL, Seow E, et al. Stigma towards mental illness among medical and nursing students in Singapore: a cross- sectional study. BMJ Open. 2017.
  3. El Estigma y la Discriminación en Salud Mental en Cataluña. España, 2016.
  4. Sánchez Castillo, M. y Collado Boira, E. Estigma en los Profesionales de la Salud Mental. Universitat Jaume. España, 2016.
  5. Mascayano Tapia, F. Estigma hacia los trastornos mentales: características e intervenciones, Salud Mental, Vol. 38, No. 1. 2015.
  6. Salud mental e inclusión social. Situación actual y recomendaciones contra el estigma (estudio). Confederación Salud Mental España. 2015.
  7. Muñoz, M. y cols. Estigma y enfermedad mental. Análisis del rechazo social que sufren las personas con enfermedad mental. Editorial Complutense. 2009.
  8. López, M. y cols. La lucha contra el estigma y la discriminación en salud mental. Una estrategia compleja basada en la información disponible. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Vol. XXVIII, No. 101, págs: 43-83. 2008.
  9. Arnaiz, A. y Uriarte, J. Estigma y Enfermedad Mental. Salud Mental, No. 26, págs: 49-59. 2006.

 

El Fenómeno Homicidio-Suicidio

Pasadas las siete de la mañana del día de ayer, me desayuné la siguiente noticia: “Asesinan a una mujer en Bella Vista”. El texto de la noticia en línea continuaba detallando cómo su vida había sido arrebatada a tiros por su pareja, un sargento del  Servicio de Protección Institucional, que fallecería poco tiempo después en un hospital de la localidad tras propinarse un tiro. He aquí la crónica del primer homicidio – suicidio del año 2018.

La definición del fenómeno de homicidio – suicidio ha sido descrita en la literatura forense como un evento en el cual una persona quita la vida de otra persona cometiendo homicidio y luego se suicida; el tiempo que transcurre entre el homicidio de la víctima y el suicidio del perpetrador se extiende desde menos de un día, incluso minutos, hasta tres meses (Marzuk, 1992).

Se puede clasificar de acuerdo con la relación existente entre la víctima y el victimario. El tipo esposa – consorte, está caracterizado por el homicidio de un compañero íntimo y el posterior suicidio del perpetrador, siendo el subtipo posesivo el más frecuente . Este consiste en el homicidio de la esposa, amante o compañero íntimo. El agresor es típicamente un hombre y la victima una mujer y situaciones tales como el hecho de que el hombre sufre rechazo por parte de su compañera o su esposa; que la mujer dirija su afecto hacia otro hombre, lo expulse del hogar o inicie un proceso de separación o divorcio, forman parte del contexto que motiva al perpetrador a cometer ambos hechos, estresado finalmente por la posibilidad de pérdida de la persona que -a su juicio- posee.

Existen pocas investigaciones publicadas sobre este fenómeno. Sin embargo, apenas este mes, se publicaron los resultados de un estudio llevado a cabo en el condado de Cuyahoga, Ohio (EEUU), en el que se recabó durante 25 años (de 1991 a 2016) información general clínica proveniente de  los archivos médicos de personas involucradas en este tipo de actos ¿Cuáles fueron los resultados? Consistentes con  estudios previos: la mayoría de las víctimas eran mujeres; los perpetradores eran “abrumadoramente masculinos”; y la forma de cometer ambos actos fue a través del uso de armas de fuego.

Otras variables estudiadas han sido el rango de edad del perpetrador, en la mayoría de los casos, ubicado entre los 35 y los 39 años; la edad de la víctima entre los 25-29 años; el estado civil del perpetrador es “casado” en el 31% de los casos, seguido por “unión libre” en el 26%. La ocupación del perpetrador, constituye un factor capaz de influir en la decisión de qué método elegir para ejecutar el acto y que además permiten relacionarlo con un entorno de riesgo y/o violento. Aquellas ocupaciones con acceso a armas sobre todo policías, jefe de armamento y fuerzas armadas, se ha determinado se asocian hasta en un 32% (Coello, 2014). Aunado a lo previamente descrito, en un número considerable de casos, existía el antecedente de abuso de alcohol y violencia doméstica por parte del victimario y describen los conflictos de pareja, sobre todo “los celos”, como un importante factor de motivación en muchos casos.

Los celos no son novedad en la dinámica de las relaciones humanas. Sin embargo, no fue  hasta la década de los 70’s que la psicología empezó a interesarse en su estudio. Dependiendo de la perspectiva con que  los veamos, podría empezar evocando los simples “celos infantiles fraternales” descritos por Freud, que surgen como consecuencia de la competencia propia entre los hermanos por los cuidados de la madre; pasando por la definición de Clanton (1998) quien consideraba desde entonces los celos como una emoción negativa que enmascara temor a la pérdida, entre muchas otras emociones como ira, ansiedad, etc;  hasta una definición un poco más reciente y a tono (Montalvo, 2001) que los describe como “un sentimiento o emoción que surge como consecuencia de un exagerado afán de poseer algo de forma exclusiva y cuya base es la infidelidad, real o imaginaria”.

De ahí en adelante, se procedió a establecer la diferencia entre los celos no patológicos, de aquellos que sí lo son. Los primeros se consideran cuando la reacción es transitoria, se asocia puntualmente a miedo y el individuo no pierde el contacto con la realidad. En contraste, se concluye que son patológicos cuando quien los presenta, desarrolla distorsiones cognitivas (o sea, alteraciones en el contenido del pensamiento) en ausencia de una causa real que los desencadene; experimenta una reacción fisiológica que se traduce en ansiedad, hipervigilancia, comprobaciones y otras molestias físicas y, finalmente, por la presencia de conductas de control hacia la pareja que podrían terminar en graves actos de violencia. A los celos patológicos se les denomina celotipia.

Clasificada dentro del grupo de trastornos psicóticos de tipo delirante según el Manual Diagnósticos y Estadístico de Trastornos Mentales en su 5ta. Edición (DSM-5), el trastorno delirante tipo celotípico aplica cuando el tema central del delirio del individuo es que su cónyuge o pareja le es infiel, pudiendo existir alucinaciones congruentes con el tema delirante (auditivas y visuales sobre todo), en ausencia de un comportamiento cotidiano extravagante o extraño y de un deterioro considerable de su funcionamiento como en el caso, por ejemplo, de la Esquizofrenia.

Si bien es cierto que se ha determinado cómo contribuyen ciertas variables en el desarrollo de este trastorno (la edad, baja autoestima, infidelidad previa, etc.) los avances científicos han ayudado a reconocer qué  es lo que sucede tanto en el cerebro como a nivel sistèmico en una persona celotípica. En resumen, se ha podido concluir, que alteraciones en la corteza prefrontal (principalmente) y el sistema límbico, ademas de la instalaciòn de la actividad hormonal,  son factores asociados y que contribuyen con la aparición y escalada clínica característica: desconfianza, confusión, hostilidad, discusiones, primeros conflictos de agresión, ansiedad excesiva,   síntomas somáticos (cardiovasculares, hiperglicemia, taquicardia, insomnio, etc.), fracaso en la autorregulación emocional, reacciones emocionales excesivas incongruentes con el estímulo, pobre capacidad de razonamiento, fallas en el juicio de la realidad, mala toma de decisiones y mal control de impulsos, exteriorizándose esto último, en todas las formas de violencia posibles, incluyendo el homicidio.

Acto seguido, se decide el suicidio, lesión autoinfligida intencional de una persona incapaz, en ese momento, de dominar una situación percibida como insoportable y que convencida de que no existe otra salida, planea y ejecuta una auto lesión de desenlace fatal. En la mayoría de los casos de homicidio- suicidio se puede determinar la presencia, no solo de celotipia en el perpetrador, sino también de depresión. Este último cuadro psicopatológico llega a tener criterios de severidad que constituyen un factor importante en la tendencia suicida de los perpetradores.

En este punto, no deja de resonar en mi mente la expresión “psiquiatrización del crimen”, crítica  frecuente por parte del movimiento antipsiquiatría el cual manifiesta que, inmediatamente después de la difusión de un crimen como este a través de los medios de comunicación masiva, suele aparecer un psicólogo o un psiquiatra para otorgar el calificativo de “trastorno mental” al acto, de hecho, de esta forma podría ser interpretado mi escrito.

Sin embargo, pese a que se tiene la idea preconcebida que toda persona que tiene un trastorno mental y comete un delito es inimputable, esto no dista más de la realidad. La agresividad humana asociada a  psicopatología, no necesariamente lo libera de responsabilidad penal siempre y cuando, en primer lugar, se compruebe intencionalidad del acto, o sea, la búsqueda deliberada por parte del agresor de perjudicar, dañar o agredir a otro; en segundo lugar, si la víctima expresa o expresaba sentimientos de estar siendo agredido; y por último, la expresión por parte del observador (testigo), abogando a su juicio crítico, de que el hecho evidenciado fue nocivo e intencional.

El impacto psicosocial que este tipo de muertes genera en la sociedad y en las familias involucradas, implica una mayor afectación en comparación con la que producen el homicidio o el suicidio, cuando se presentan individualmente. Como todo problema de salud pública, es importante diseñar estudios que analicen la correlación de múltiples variables en miras a proveer herramientas que permitan diseñar estrategias de prevención.

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Referencias:
1. Regoeczi, W. C. and Gilson, T. Homicide–Suicide in Cuyahoga County, Ohio, 1991–2016. Journal of Forensic Sciences. 2018.
2. Aranda Rubio, E. y colaboradores. Protocolo-Guía  de Evaluación para Casos de Dependencia Emocional. Universidad Autónoma de Madrid. Versión digital consultada el 10 de enero de 2018.
3. Javier Esteban Coello Hidalgo. Caracterización epidemiológica de las muertes por el fenómeno de homicidio – suicidio en Bogotá entre los años 2007 a 2012. Departamento de Patología, Facultad de Medicina, Universidad de Colombia. 2014.
4. Manual Diagnòstico y Estadìstico de los Trastornos Mentales. American Psychiatric Association. 2014.
5. Dr. Eduardo Calixto. Celotipia y Cerebro. Neurociencias en la Vida Cotidiana. 2015. Versiòn digital consultada en lìnea el 10 de enero de 2018.
6. Dubugras, S. Homicide Followed by Suicide. Facultad de de Psicología. Pontifícia Universidad Católica do Rio Grande. Brasil. 2007.

El suicidio no tiene rostro

La prevención en Salud Mental, al igual que en cualquier otra disciplina médica o ligada a la salud, existe. En el caso del suicidio no es diferente. La palabra SUICIDIO sigue siendo fuerte para muchos, un tema tabú; una palabra difícil de pronunciar, sobre la cual es mejor no hablar o preguntar. El solo hecho de escucharla, genera en muchas personas gran malestar y, en muchos otros, la oportunidad perfecta para juzgar o mofarse del afectado. Es un problema de salud individual y pública, que puede afectar a cualquier persona en algún momento de su vida.

La OMS describe al suicidio como «un drama EVITABLE que sucede cada 40 segundos en alguna parte del mundo y afecta cada año a más de 800,000 personas, más que las víctimas de guerra o catástrofes naturales», sin olvidarnos que las guerras y catástrofes naturales «son lo de hoy». Por eso, es fundamental aprender a identificar, en uno mismo y en otros, aquellos factores que aumentan o disminuyen el nivel de riesgo suicida, mismo que  aumenta proporcionalmente con la cantidad de factores presentes. La estimación del riesgo suicida se realiza mediante el juicio clínico del profesional, valorando los factores que concurren de modo particular en cada persona, en un momento determinado de su vida y ante eventos estresantes específicos.

Más allá de que se han reconocido factores genéticos y biológicos en la población general relacionada a la conducta suicida -como la disfunción del sistema serotoninérgico a nivel neurológico- es valioso aprender a reconocer de manera práctica, aquellos factores de riesgo conocidos asociados al suicidio y que varían de un individuo a otro. Cada caso, proviene de historias y circunstancias personales, sociales y médicas muy diferentes, por lo que suelen clasificarse en modificables (aquellos relacionados con factores sociales, psicológicos y psicopatológicos que pueden modificarse clínicamente) e inmodificables (aquellos relacionados al sujeto o al grupo social al que pertenece y se caracterizan por su mantenimiento en el tiempo).

A nivel individual, los FACTORES DE RIESGO más frecuentemente identificados incluyen la presencia de trastornos psiquiátricos tales como la depresión mayor, el trastorno bipolar, la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, los trastornos de ansiedad, el abuso y dependencia de alcohol y drogas y los trastornos de personalidad límite y antisocial principalmente; la edad, demostrando la evidencia que a lo largo de la vida, son los adolescentes y los adultos mayores( tasas de suicidio tres veces mayor a los adolescentes) los que más intentan y concretan el suicidio; en cuanto al género, los hombres lo consuman más mientras que las mujeres lo intentan más; la presencia de enfermedad física o discapacidad, sobre todo, cuando existe dolor crónico, pérdida de la movilidad, entre otros. La historia familiar de suicido; la experimentación de hechos traumáticos, incluyendo violencia física, sexual y acoso; el escaso apoyo social y familiar; la pérdida del trabajo, pobreza y el bajo nivel educativo, entre muchos otros, son factores de riesgo familiar y «situacionales» que presentan las personas con este tipo de conductas.

En contraparte, tenemos los FACTORES PROTECTORES, o sea aquellos que disminuyen la probabilidad de un suicidio en presencia de factores de riesgo, dentro de los cuales están: la habilidad para la resolución de conflictos; niveles positivos de autoconfianza;relaciones interpersonales y sociales eficaces; la flexibilidad cognitiva; tener hijos (en el caso concreto de las mujeres); adecuado apoyo familiar y social; integración social; marcada espiritualidad (no solamente religiosidad); acceso a recursos para atender trastornos mentales, la enfermedad física y la dependencia de sustancias, en el caso de los pacientes con alguno de estos problemas.

Estimar el riesgo suicida en un individuo resulta difícil, ya que no existen indicadores específicos o factores de riesgo que tengan un valor predictivo en sí. A nivel profesional, la entrevista clínica es la forma de evaluarlo, además de que supone el inicio de la interacción y relación médico-paciente en muchos casos, por lo que es primordial en la reducción del riesgo suicida. Sin embargo no debemos olvidar el rol primordial que juega la familia y la sociedad como «ente regulador» de este fenómeno que va en ascenso. En palabras de Durkheim (considerado el Padre de la Sociología): «cuando la sociedad está perturbada por crisis dolorosas, es incapaz de realizar su acción reguladora  y asciende la curva de suicidios.» Las necesidades del ser humano no dependen del cuerpo solamente, tiene también otro tipo de necesidades que se traducen en cantidad de bienestar, confort, aprobación y reconocimiento, todas circunstancias que una sociedad saludable y resiliente puede garantizar, sin olvidarnos de que para llegar a esto, cada uno de sus miembros debe fortalecer su integridad física y emocional para hacer frente a todos los retos y constantes cambios a los que se enfrenta la sociedad actual.