Comorbilidades Médicas en personas con Trastorno del Espectro Autista

El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es es un Trastorno del Neurodesarrollo que, a grandes rasgos, se caracteriza por la presencia de alteraciones en los diferentes sistemas sensoriales; déficit en el desarrollo del lenguaje, la comunicación e interacción social; del desarrollo socioemocional y por la presencia de un patrón repetitivo, restringido, circunscrito y estereotipado de intereses y conductas, que generan malestar clínicamente significativo y entorpecen el desempeño del individuo en los diferentes contextos en los que se desenvuelve.

Entendemos por comorbilidad «la presencia de enfermedades o condiciones coexistentes o adicionales en relación con el diagnóstico inicial».

Según El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, conocido por sus siglas en inglés como CDC (Center for Disease Control and Prevention), existe suficiente evidencia en la actualidad sobre una serie de condiciones médicas (no psiquiátricas) que prevalecen en las personas con TEA, por lo que es muy importante tenerlas presente a la hora de los chequeos médicos periódicos y realizar la búsqueda propositiva de estas, dado que su condición de base los hace más propensos a padecerlas y detectarlas puede ser un reto ya que en algunos casos puede además existir la barrera del lenguaje y la comunicación.

En el año 2014, Croen y colaboradores, realizaron un amplio estudio sobre la prevalencia de problemas médicos psiquiátricos y no psiquiátricos en aproximadamente 2.5 millones de adultos, y encontraron que aquellos trastornos y enfermedades que son más frecuentes en este grupo de edad, tales como la epilepsia, los trastornos gastrointestinales, las alergias, etc., fueron «pronunciadamente más altos» en personas con TEA en comparación a sus pares sin TEA. Así mismo, no debemos olvidar que otras comorbilidades médicas se van a sumar como parte del proceso propio de envejecimiento y, en ocasiones, impactar su salud de forma tal que impacte de manera importante su calidad de vida.

Sobre lo previo también influye el hecho de que, paralelamente, sin innegables los altos costos que implica el tratamiento integral a lo largo de toda la vida y el pobre acceso a los servicios de salud adecuados debido al reto que puede representar para algunos profesionales de diferentes disciplinas médicas evaluar, atender y brindar atención médica eficaz. Sobre esto último, la evidencia ha arrojado hechos preocupantes. Por ejemplo, que casi un tercio de los adultos con TEA de alta funcionalidad, reportaron no haber recibido atención médica apropiada ante un problema de salud específico, según un estudio realizado por Olivie y colaboradores en el año 2012, lo que eleva la interrogantes de ¿Cómo es la situación en el caso de adultos con TEA severo? En esa misma línea, el 22% de los familiares de personas con TEA expresaron haber recibido una evaluación exhaustiva y minuciosa de las molestias por las que llevaban a su familiar a atención, y un 10% solamente expresó haberse sentido «muy satisfechos» con la misma, según un encuesta realizada por Treating Autism en el año 2014.

Por ende, «es de suma importancia que los profesionales de la salud no hagan caso omiso» a las quejas de los familiares, sobre todo en el caso de personas no verbales o en los casos que coexiste discapacidad intelectual y que no atribuyan las molestias a la condición (TEA) ya que, en el caso de lo segundo, un gran porcentaje expresa sus quejas somáticas (sobre todo dolor) de forma atípica, con problemas de conducta, lo que fácilmente puede confundirse con comportamientos «propios» de la condición, lo que a su vez es estigmatizante y discriminatorio.

La Academia Americana de Pediatría conocida como AAP por sus siglas en inglés (American Academy of Pediatrics) publicó un extraordinario documento en el 2004 conocido como A.L.A.R.M. en el que recomiendan a los médicos (entre muchas otras cosas) aplicar la escucha atenta a los padres pues «son estos lo que, por lo general, brindan información precisa y de calidad», sin olvidarnos que estos también pueden enfrentarse con la barrera de la comunicación con sus propios hijos, por lo que es importante que estos (los padres) están presentes, para que conozcan a su familiar para poder así reconocer un cambio en el patrón habitual de comportamiento, sobre todo si es agudo, que pudiese indicar la presencia de un malestar o trastorno físico. Dentro de los síntomas que suelen confundirse como «propios del TEA» que se han asociado a una enfermedad médica se encuentran ansiedad, irritabilidad, impulsividad, conducta agresiva dirigida hacia sí mismo o hacia otros (68% según Kanne y Mazurek, 2011) trastornos del sueño de reciente aparición, entre otros.

¿Qué más sabemos en la actualidad?

Para empezar, que estamos hacia una clara tendencia de cambio de paradigma respaldada cada vez más el modelo biopsicosocial del TEA. Esta condición debe ser que vista de manera «sindrómica» y, con esto me refiero, a buscar y encontrar alteraciones y comportamientos en otros sistemas y de otro tipo diferente a los neuropsiquiátricos.

Para ejemplificar esto hablemos de los casos de síntomas regresivos en TEA, o sea niños que tienen un desarrollo habitual o alterado pero tendiente a ser positivo y que en un momento pierden habilidades previamente adquiridas, lo que se estima ocurre en aproximadamente el 30% de los casos. Por esto y otros motivos, el Manual Estadístico y Diagnóstico de Trastornos Psiquiátricos de la Academia Americana de Psiquiatría en su 5ta. Edición (DSM-5), acepta ya el diagnóstico de «TEA debido a…» donde se debe especificar la causa médica asociada ya que, en algunos, casos, existen circunstancias muy definidas a las que se asocian estos cuadros regresivos. Dentro de estas tenemos la encefalitis del receptor anti-NMDA, encefalitis virales (herpes y citomegalovirus más frecuentemente), secundarias neumococo, VIH, entre otras, y que suelen responder al tratamiento específico en cada caso. El punto es que, si estas o cualquier otra comorbolidad médica se aborda correctamente, toda «forma de autismo» va a mejorar y a tener mejor pronóstico si se atienden los problemas médicos subyacentes o coexistentes.

A continuación, describiré problemas médicos que se han considerado o descrito pueden coexistir en personas con TEA:

1.Convulsiones/Epilepsia

La Epilepsia es de las comorbilidades médicas más frecuentes con una incidencia aproximada del 12% en niños con TEA y del 26% en el caso de adolescentes y adultos (Parmeggiani y colaboradores, 2010). Así mismo, se ha encontrado actividad epileptiforme en la mayoría en ausencia de crisis evidentes.

2.Trastornos alérgicos

Estos suelen ser mucho más frecuentes que en población general e incluyen asma, rinitis, «atopias» (aquellas mediadas por IgE) También, las alergias alimentaria, dermatitis atópica, etc.

3.Enfermedades Autoinmunes

Un estudio llevado a cabo por Croen y colaboradores en el 2014 reportó un índice de 20%-30% más alto de trastornos autoinmunes en mujeres adultas con TEA en comparación a sus pares sin TEA. Así mismo, se ha demostrado el posible nexo existente entre la presencia de este tipo de enfermedades en las madre (por ejemplo Artritis Reumatoide, Lupus, Psoriasis, etc.) y la presencia de TEA en sus hijos, lo que apoya la hipótesis inmunológica como agente contribuyente dentro de la etiología multifactorial descrita como causal del TEA.

Trastornos Gastrointestinales

Suelen ser muy frecuentes los problemas en sí del funcionamiento intestinal como por ejemplo diarrea, estreñimiento, reflujo gastroesofágico, deficiencia de enzimas digestivas, hiperplasia linfoide nodular (según estudios de endoscopía), también esofagitis, gastritis, duodenitis, colitis, etc., posiblemente asociados a alteraciones en la composición de la flora bacteriana, cuyos estudios han revelado la presencia irregular de bacterias, la traslocación de especies bacterianas a regiones del tubo digestivo, infecciones subclínicas entre otros motivos.

4.Trastornos Metabólicos

Dentro de estos se han encontrado en algunos casos fallas en el metabolismo de aminoácidos, niveles altos de estrés oxidativo, perturbación del azufre, niveles muy bajos de glutationa (antioxidante), errores innatos del metabolismo, entre otros. Sin embargo, han sido pobres los resultados de estudios que han intentado buscar biomarcadores metabólicos, encontrándose solamente en menos del 10% de muestras pequeñas (Spilioti, 2013).

5.Sensibilidad No Celíaca al Glúten (NCGS por sus siglas en inglés)

Esta es diferente a aquella de base genética bien reconocida y denominada Enfermedad Celíaca que, en caso de detectarse síntomas digestivos asociados a la ingesta de gluten y resultar la prueba positiva, es diferente a la NCGS. El estudio sistemático más amplio al respecto de esta última y de los los beneficios de las dietas libres de gluten (y de proteína de la leche/caseína), fue publicado por Cochrane en el 2008, pero no fue concluyente. Al final, se recomendó que se requieren más ensayos aleatorios controlados para validar su generalización como una medida a implementar en todas las personas con TEA, ya que los resultados fueron inconsistentes.

6.Alteraciones del Sistema Nervioso Autónomo y del Eje Hipotálamo-Hipófisis-Adrenal

El estudio de estas alteraciones ha ganado terreno en los últimos años, gracias al registro de alteraciones y variabilidad de la frecuencia cardíaca, la presión arterial (diastólica sobre todo); reflejos pupilares atípicos, alteraciones del reflejo vagal, respuestas anormales al estrés, etc.

Es importante tener en cuenta que los diferentes síntomas resultantes de los diferentes trastornos previamente descritos, se han asociado a «problemas de conducta» cuando en realidad podrían estar enmascarando enfermedades o condiciones médicas asociadas, lo suficientemente graves como para contribuir también con las fallas de la comunicación, la interacción social, la presencia comportamiento irritable y agresivo, los trastornos del sueño y del estado de ánimo, entre otros. Es indispensable entonces, tener presente estos trastornos en todo individuo con diagnóstico de TEA porque, como bien ya mencioné al principio, su nulo, inadecuado o abordaje tardío, está asociado a menor percepción de calidad de vida y complicaciones mayores que pueden poner en riesgo su integridad y vida.

Los chequeos recurrentes con el médico de cabecera, son obligatorios de contar con un familiar con TEA en nuestro hogar y los problemas de conducta no deben ser una barrera para cumplir con este derecho básico, el derecho a la salud, así como tampoco los facultativos deben tomar todos los «problemas de conducta» como parte de la condición.

En una próxima entrada, abordaremos las comorbilidades psiquiátricas…

#30DíasConElAutismo #LunesDeBlogDraMancuso /Día9/

Referencias
  1. Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. American Psychiatric Association. Quinta Edición. 2013.
  2. Center for Disease Control and Prevention (CDC). Página oficial: http://www.cdc.gov
  3. Croen, L.A., et al. Psychiatric and Medical Conditions Among Adults with ASD. IMFAR. 2014.
  4. Olivie, H. The Medical Care of Children with Autism. European Journal of Pediatrics, 171(15): 741-749. 2012.
  5. Treating Autism Survey. Disponible escribiendo a mail@treatingautism.co.uk.
  6. Autism Alarm. American Academy of Pediatrics. 2012.
  7. Kanne, S.M. and Mazurek, M.O. Agression in children and adolescents with ASD: Prevalence and risk factors. Journal of Autism and Developmental Disorders. 41(7): 926-937. 2011.
  8. Parmeggiani, A. et al. Epilepsy and EEG paroxysmal abnormalities in ASD. Brain and Development. 32(9(¡): 783-789. 2010.
  9. Spilioti, M. et al. Evidence for Treatable Inborn Errors of Metabolism in a Cohort of 187 Greek Patients with ASD. Frontiers in Human Neuroscience. Volumen 7. 2013.
  10. Treating Autism, ESPA Research and Autism Treatment Plus. Comorbilidades medics en los trastornos del espectro autista. Autism Research Institute. 2014.

Te odio con todo mi cerebro

“Nada que un hombre haga lo envilece más que el permitirse caer tan bajo como para odiar a alguien”.

Martin Luther King

Amplio es el repertorio de emociones que puede experimentar el ser humano. Aquellas conocidas como emociones primarias o básicas (alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, asco), van acompañadas de patrones de respuesta facial, vocal, motoras, fisiológicas (endocrinológicas), que se pueden reconocer independientemente de la raza y cultura a la que pertenece el individuo. El otro gran grupo de emociones, las secundarias, dentro de las cuales se encuentran la envidia, la culpa, la vergüenza, el odio, etc., involucran un componente cognitivo mucho más complejo, en el que el contenido del pensamiento tiene una base experiencial inalienable, evolucionando así a lo que conocemos como sentimiento.

Es inevitable hacer una breve introducción sobre algunos aspectos básicos relacionados con las emociones, por lo que me apoyaré en el neurocientífico estadounidense Joseph E. LeDoux, cuyas investigaciones se centran en los fundamentos biológicos de la emoción (especialmente los mecanismos cerebrales relacionados con la ansiedad y el miedo) y la memoria. Este nos sugiere tener presente tres principios. En primer lugar, que detrás de aquello que llamamos emoción o sentimiento, se encuentra una serie de procesos neurológicos y mecanismos cognitivos distintos para cada una de ellas. En segundo lugar, que los mecanismos cerebrales de conducta emocional como los que se ponen en marcha, por ejemplo, durante el miedo, tienen un origen primitivo y aún los conservamos pese a los millones de años de evolución de nuestra especie. Así mismo, las emociones juegan un rol muy importante en la determinación de conductas futuras y sus trastornos pueden dar lugar a graves alteraciones del comportamiento. Por último, en tercer lugar, tenemos que no debemos asumir que los componentes conscientes de las emociones son más importantes que los inconscientes ya que estos últimos, surgieron como mecanismos de supervivencia de la especie a través de la evitación del peligro, la obtención del alimento y la reproducción.

Pero, en la actualidad, en este punto de la evolución en el que nos encontramos ¿Qué funciones tienen las emociones humanas?

Todas las emociones tienen alguna función que les confiere utilidad y permite que el individuo ejecute conductas apropiadas de manera eficaz. Inclusive, emociones que pudiesen considerarse como desagradables, tienen el objetivo de promover el “ajuste” a nivel personal. Las emociones tienen tres funciones principales (Reeve, 1994):

  1. Función adaptativa, para preparar al organismo para que ejecute apropiadamente cualquier conducta que le exija el entorno, movilizando en el proceso, la energía necesaria para ello, así como dirigiendo la conducta (acercarse o alejarse) hacia un objetivo determinado.
  2. Función Social, que permite predecir el comportamiento asociado a las emociones a través de la expresión de estas, lo cual tiene un valor indiscutible en todos los procesos de relación e interacción interpersonal. De manera didáctica, la felicidad favorece los vínculos sociales mientras que el odio está asociado a respuestas de evitación o confrontación que los entorpecen.
  3. Función Motivacional, ya que no podemos negar la íntima relación existente entre la emoción y la motivación y la experiencia presente en cualquier tipo de actividad que posee las dos principales características de la conducta motivada: dirección e intensidad.

En el caso del odio, su función motivacional es clara, sin embargo, es desadaptativa y socialmente un recurso ineficaz. Demos paso entonces a lo que considero uno de los grandes males de nuestra época.

Según Mora (1998), el término odio hace referencia a un “sentimiento negativo o de rechazo que un individuo experimenta como resultado de sus frustraciones y que tiende a experimentarse de manera intensa e incontrolable, despertando en las personas que lo experimentan, una profunda antipatía, disgusto, aversión, antagonismo o repulsión hacia un sujeto, cosa, situación o fenómeno”. Esto las lleva a tener la necesidad de evitar, limitar o destruir aquello que se aborrece (Kaminsky, 1990) y a una tendencia natural e histórica hacia la violencia (Colina, 2010).

En esta misma línea, podríamos decir que el odio surge a partir de la percepción de la existencia de un obstáculo o de una amenaza que impide conseguir un recurso que se considera requisito para cubrir una necesidad o una carencia o para evitar alguno de los previos, así como niveles de miedo que siempre llegan asociados y que interfiere con la posibilidad de sobrevivir en paz y equilibrio o de adaptarnos con éxito a las condiciones de vida biológicas y psicosocioculturales en las que nos encontramos inmersos (Valdez Medina, 2009). En otras palabras, el odio puede surgir a partir de que algo interfiere, se interpone, dificulta o impide que se llegue al total cumplimiento de una expectativa, o bien, cuando se ve alterada o amenazada la posibilidad que tenemos de adaptarnos o de mantener con éxito el estado de paz o equilibrio en el cual es más cómoda nuestra supervivencia biológica y/o psicosociocultural.

Sin embargo, hay que estar atentos al curso que toma el odio en nuestra vida personal y en el comportamiento social (como pilar en el movimiento de masas) ya que si no se atiende a tiempo, puede mutar y convertirse en un resentimiento que tiende cada vez más a generar conflictos a nivel personal e interpersonal y hasta a la afectación de la salud mental y física. Así mismo, se corre el riesgo que, al igual que con la culpa, pueda llegar a utilizarse como una forma de control social debido a que aquel que odia, es probable que sienta, perciba o hasta logre cierto poder sobre aquello que odia, esto último a través de recursos como la humillación y la devaluación, entre muchos otros.

Un interesante estudio descriptivo llevado a cabo en la Universidad Autónoma del Estado de México, que contó con una población homogénea de acuerdo al género de 400 estudiantes universitarios entre los 17 y los 23 años, reveló que tanto hombres como mujeres, definieron el odio como “un sentimiento de carácter negativo, una situación desagradable que genera rencor y que puede llegar a ser expresada o reprimida. De igual forma, plasmaron a través de la aplicación de instrumentos estandarizados ¿Qué pensaban que conseguían las personas al odiar? Tanto hombres como mujeres describieron obtener “satisfacción”, “daño”, “soledad”, capacidad de “expresarse”, de “cubrir una necesidad”, «problemas», «capacidad de “agredir”, “sentimientos negativos”, “malestar físico y mental», etc. Al momento de concluir las diferencias entre ambos sexos, se encontró que los hombres consideraban que conseguían “protección” y la capacidad de “hacer daño a otros” como una forma de “representar su fuerza”, mientras que las mujeres percibieron que sentir odio las podía “autodestruir” y “verse rechazadas por los demás” (Valdez Medina y cols., 2008).

Debido a que el odio está cargado de una “profunda antipatía, aversión, disgusto, enemistad o repulsión hacia una o más personas, cosas, situaciones o fenómenos a los que se quiere evitar, limitar o destruir, genera un deseo de destrucción del objeto odiado (Salecl-2002, Castilla del Pino-2002; Rodríguez-2003), que pudiese estar desencadenado por algo considerado tal vez injusto, por una herida narcisista, por una situación traumática o hasta inexplicable, que activa “algo” que ya está predispuesto en cada individuo, convirtiéndose así en un problema cultural en el que el “ejercicio” del odio y la práctica de conductas asociadas, se generaliza y detonan como resultado de algo percibido como “ofensa”, sea mínima o sea a gran escala.

Entonces ¿Por qué odiamos los humanos?

Pese a que muchas personas aún dudan cómo incide la biología sobre el control de nuestra conducta violenta, los estudios actuales afirman que se trata de una combinación e interacción entre el medio ambiente, la evolución, las experiencias y la psique resultante.

El circuito neurológico del odio, fue descubierto en el año 2008 y su ruta por el cerebro, curiosamente, atraviesa otras emociones. Sin embargo, no se olviden de lo que comenté al principio, el odio también es aprendido y originado por el entorno, impulsado por nuestra evolución y acrecentado de acuerdo a estándares socioculturales. El estudio fue realizado por el profesor Semir Zeki y John Romaya (Laboratorio Wellcome de Neurobiología del Colegio Universitario en Londres). Analizaron las áreas del cerebro que se relacionan con el sentimiento de odio y demostraron que dicho circuito es distinto a los relacionados con el miedo, la amenaza y el peligro a pesar de que coincide en una parte con la agresión. El circuito también es muy distinto al asociado con el amor romántico, aunque comparten al menos dos estructuras comunes. El “circuito del odio” incluye estructuras en la corteza y subcorteza cerebral y tiene componentes que son importantes en la generación de conductas agresivas. Es interesante que la ínsula y el putamen (Figuras 1 y 2 ) se activen tanto para el amor romántico como el odio. Esta última estructura, también podría estar involucrada en la preparación de actos agresivos en un contexto romántico, la diferencia es que, mientras con el amor grandes partes de la corteza cerebral asociada con el juicio y el razonamiento se desactivan, con el odio sólo una pequeña zona, situada en la corteza frontal (cerebral), lo hace. Pero mientras que en el amor romántico el amante es a menudo menos crítico con respecto a la persona amada, es más probable que en el contexto del odio se necesita un juicio en el cálculo de movimientos para hacer daño, herir o vengarse.

Muchos factores biológicos y genéticos, pueden también depender de las condiciones ambientales o sociales. De hecho, existe mucha evidencia que revela que precisamente esos factores biológicos, pueden minimizarse bajo ciertas condiciones ambientales, por lo que el estudio de la evolución puede brindarnos luces sobre los orígenes de ciertos fenómenos. Los científicos en el área indican que la supervivencia y la reproducción producen la competencia entre mamíferos. En aquel entonces, competían por liderazgo en el grupo (ser el macho o la hembra alfa), conseguir la mejor pareja y asegurar la copia de los genes. Es una forma básica de describir nuestros primeros pasos por el planeta, un recorrido que compartimos con las demás especies. Sin embargo, nuestro pasado no es el presente, sólo nos ayuda a entenderlo mejor y quien se queda varado en el pasado, le costará entender y adaptarse a la realidad presente. Al final, no existe biología sin el medio ambiente, son dos elementos que se nutren mutuamente y de manera constante.

En el presente, nuestra especie (el Homo Sapiens Sapiens), se caracteriza por ser sociable y por poseer la capacidad de crear culturas. Pero cuando es poseída por el odio, es entonces que podemos hablar del crímenes, de dictadores y tiranos que asesinan a millones de personas, de grupos que se oponen a otros grupos por diferentes motivos como por su color de piel, su religión, nacionalidad, identidad u orientación sexual, entre otros incontables motivos. Es por esto que surgió la Declaración Universal de los Derechos Humanos, precisamente, para garantizar libertades y seguridad a todos los seres humanos. Sin embargo, persiste un peligroso desequilibrio en el mundo

¿Hace daño sentir odio?

El papel que tienen las emociones negativas como en odio, tanto en la génesis como en la evolución y establecimiento de una enfermedad, ha sido objeto de estudios durante años. La evidencia científica demuestra que los procesos emocionales (negativos) son capaces de generar alteraciones graves a nivel del sistema inmunológico, cardiovascular, endocrinológico, ciclos fisiológicos y vías del dolor, por mencionar algunas, y ha quedada establecida la etiología de base emocional de ciertas enfermedades con trastornos psicofisiológicos como los previamente descritos.

Mantener latente al odio a nivel cognitivo, emocional y conductual; tener presente precisamente las ideas de degradación e intimidación, los prejuicios negativos y los impulsos violentos (de todo tipo) hacia el otro, que se revelan como “discurso de odio” y se transmite de manera verbal, escrita, a través de medios de comunicación, redes sociales, etc., por motivos de raza, género, edad, etnia, nacionalidad, religión, orientación sexual, identidad de género, discapacidad, lengua, opiniones políticas o morales, estatus socioeconómico, ocupación, apariencia, capacidad mental y cualquier otra elemento de consideración… genera estrés crónico. Descrito de manera simple:ENFERMA, enferma a quien lo siente.

Tras el escudo de la “libertad de expresión”, muchas personas expresan ideas que ofenden a una parte de la sociedad. Por esto, las sociedades democráticas, pueden optar por establecer sanciones a aquellos que justifiquen, propaguen y explícitamente incitan la comisión de actividades delictivas específicas, las cuales involucran alguna forma de violencia la mayoría de las veces.

Para terminar, analicemos el fenómeno social del Odio

Históricamente, el odio es un sentimiento complejo que ha impulsado tanto actos heroicos como malvados en humanidad, dirigidos hacia un individuo, una sociedad o un grupo (considerado minoritario o “vulnerable”) dentro de esa misma sociedad. El nacimiento y evolución del odio como delito, ha estado determinado por tres factores: 1) La presencia de una aversión discriminatoria; 2) Las necesidades preventivas de los colectivos vulnerables; y 3) La defensa de los supuestos valores de la comunidad puestos en cuestión. Estos factores han modificado progresivamente el concepto de odio a efectos penales y dado lugar a subgrupos de delitos de odio que, tristemente, son frecuentes en todo el planeta.

Sternberg & Sternberg (psicólogos cognitivos) hacen referencia a las historias de odio en su libro “La Naturaleza del Odio»: <<¿Por qué empleamos el concepto de historia? Pues porque en nuestra opinión, toda historia está asociada con una serie de sucesos anticipados. La cuestión clave es que la amenaza representa una historia dinámica y no simplemente una imagen estática>>. Agregan que los sucesos anticipados que conducen al odio probablemente no difieren tanto, pero que la cadena de sucesos anticipados tiene cinco etapas:

  1. El grupo odiado se revela como un anatema (maldición) aunque en algunos casos, los sucesos que llevaron a que ese grupo fuera marcado, tal vez nunca ocurrieron o quizá simplemente han sido imaginados, como ocurre cuando forman parte de una historia oral de dudosa validez.
  2. El grupo odiado planea acciones contrarias a los intereses del grupo ya que, cualquiera que sea el problema, este ya no es de naturaleza histórica sino actual y, en el proceso, se manipula para que se odie a miembros del grupo que está en el punto de mira.
  3. El grupo odiado hace sentir su presencia al aparecer de modo significativo en escena, se está haciendo fuerte.
  4. El grupo odiado traduce los planes en acciones conscientes de que la fase de planificación ha terminado; se encuentra traduciendo el pensamiento en acción, convirtiéndose de este modo en una auténtica «amenaza» y no solo hipotética.
  5. El grupo odiado está logrando cierto éxito en sus objetivos y en función de tales sentimientos, se convierte en una fuerza que debe ser tomada en consideración.

¿Les suena familiar? ¿En qué punto estamos en esta escalada del odio y sobre qué temas en nuestra sociedad?

Referencias
  1. Fuentes Osorio, J.L. El odio como delito. Revista Penal de Ciencia Electrónica Y Tecnología. 2017
  2. Sternberg & Sternberg. La naturaleza del odio. Paidós Contextos. España. 2010.
  3. Comprender y luchar contra el discurso del odio. United for Intercultural Action. European Network.
  4. Bucchioni, G., Lelard, T., Ahmaidi, S.,Godefroy, O., Krystkowiak P., MourasH. Do We Feel the Same Empathy for Loved and Hated Peers? PLOS ONE 10(5). 2008.
  5. Zeki, S. Romaya, J.P. Neural Correlates of Hate. PLOS ONE 3(10). 2008.
  6. Mariano Chóliz. Psicología de la emoción: el proceso emocional http://www.uv.es/=choliz.
  7. Valdez Medina, J. Significado, función y solución del odio en jóvenes: un análisis por sexo. México. 2008.
  8. Belmonte Martínez, C. Emociones y Cerebro. Rev. R. Acad. Cienc. Exact. Fís. Nat. Vol. 101, Nº. 1: 59-68.VII Programa de Promoción de la Cultura Científica y Tecnológica. España. 2007.

El suicidio no tiene rostro

La prevención en Salud Mental, al igual que en cualquier otra disciplina médica o ligada a la salud, existe. En el caso del suicidio no es diferente. La palabra SUICIDIO sigue siendo fuerte para muchos, un tema tabú; una palabra difícil de pronunciar, sobre la cual es mejor no hablar o preguntar. El solo hecho de escucharla, genera en muchas personas gran malestar y, en muchos otros, la oportunidad perfecta para juzgar o mofarse del afectado. Es un problema de salud individual y pública, que puede afectar a cualquier persona en algún momento de su vida.

La OMS describe al suicidio como «un drama EVITABLE que sucede cada 40 segundos en alguna parte del mundo y afecta cada año a más de 800,000 personas, más que las víctimas de guerra o catástrofes naturales», sin olvidarnos que las guerras y catástrofes naturales «son lo de hoy». Por eso, es fundamental aprender a identificar, en uno mismo y en otros, aquellos factores que aumentan o disminuyen el nivel de riesgo suicida, mismo que  aumenta proporcionalmente con la cantidad de factores presentes. La estimación del riesgo suicida se realiza mediante el juicio clínico del profesional, valorando los factores que concurren de modo particular en cada persona, en un momento determinado de su vida y ante eventos estresantes específicos.

Más allá de que se han reconocido factores genéticos y biológicos en la población general relacionada a la conducta suicida -como la disfunción del sistema serotoninérgico a nivel neurológico- es valioso aprender a reconocer de manera práctica, aquellos factores de riesgo conocidos asociados al suicidio y que varían de un individuo a otro. Cada caso, proviene de historias y circunstancias personales, sociales y médicas muy diferentes, por lo que suelen clasificarse en modificables (aquellos relacionados con factores sociales, psicológicos y psicopatológicos que pueden modificarse clínicamente) e inmodificables (aquellos relacionados al sujeto o al grupo social al que pertenece y se caracterizan por su mantenimiento en el tiempo).

A nivel individual, los FACTORES DE RIESGO más frecuentemente identificados incluyen la presencia de trastornos psiquiátricos tales como la depresión mayor, el trastorno bipolar, la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, los trastornos de ansiedad, el abuso y dependencia de alcohol y drogas y los trastornos de personalidad límite y antisocial principalmente; la edad, demostrando la evidencia que a lo largo de la vida, son los adolescentes y los adultos mayores( tasas de suicidio tres veces mayor a los adolescentes) los que más intentan y concretan el suicidio; en cuanto al género, los hombres lo consuman más mientras que las mujeres lo intentan más; la presencia de enfermedad física o discapacidad, sobre todo, cuando existe dolor crónico, pérdida de la movilidad, entre otros. La historia familiar de suicido; la experimentación de hechos traumáticos, incluyendo violencia física, sexual y acoso; el escaso apoyo social y familiar; la pérdida del trabajo, pobreza y el bajo nivel educativo, entre muchos otros, son factores de riesgo familiar y «situacionales» que presentan las personas con este tipo de conductas.

En contraparte, tenemos los FACTORES PROTECTORES, o sea aquellos que disminuyen la probabilidad de un suicidio en presencia de factores de riesgo, dentro de los cuales están: la habilidad para la resolución de conflictos; niveles positivos de autoconfianza;relaciones interpersonales y sociales eficaces; la flexibilidad cognitiva; tener hijos (en el caso concreto de las mujeres); adecuado apoyo familiar y social; integración social; marcada espiritualidad (no solamente religiosidad); acceso a recursos para atender trastornos mentales, la enfermedad física y la dependencia de sustancias, en el caso de los pacientes con alguno de estos problemas.

Estimar el riesgo suicida en un individuo resulta difícil, ya que no existen indicadores específicos o factores de riesgo que tengan un valor predictivo en sí. A nivel profesional, la entrevista clínica es la forma de evaluarlo, además de que supone el inicio de la interacción y relación médico-paciente en muchos casos, por lo que es primordial en la reducción del riesgo suicida. Sin embargo no debemos olvidar el rol primordial que juega la familia y la sociedad como «ente regulador» de este fenómeno que va en ascenso. En palabras de Durkheim (considerado el Padre de la Sociología): «cuando la sociedad está perturbada por crisis dolorosas, es incapaz de realizar su acción reguladora  y asciende la curva de suicidios.» Las necesidades del ser humano no dependen del cuerpo solamente, tiene también otro tipo de necesidades que se traducen en cantidad de bienestar, confort, aprobación y reconocimiento, todas circunstancias que una sociedad saludable y resiliente puede garantizar, sin olvidarnos de que para llegar a esto, cada uno de sus miembros debe fortalecer su integridad física y emocional para hacer frente a todos los retos y constantes cambios a los que se enfrenta la sociedad actual.