Ella es una mujer madura, profesional exitosa, madre de familia y tiene Trastorno Bipolar

“Es una condición llena de prejuicios, por eso quienes la padecemos sentimos que tenemos que ocultarla.” Fue lo primero que vino a su mente cuando le pregunté qué significaba para ella tener Trastorno Bipolar (TBP).

Fue inevitable que no llamara mi atención que pese a todas las molestias emocionales y retos personales a los que se había enfrentado por más de diez años,  lo que más le afectara en el presente fuese el estigma social que existe en torno a este trastorno. Y es que para mucha gente el concepto “bipolar” es sinónimo de “locura”, una manera más de insultar a alguien, una forma atractiva de describir su estado de ánimo, mientras que para aproximadamente 60 millones de personas en todo el mundo es un estilo de vida, “algo” que llega para quedarse y que los va a acompañar de ahí en adelante.

Había comprendido finalmente que necesitaba ayuda. No era habitual que se sintiese así de triste, así de decaída, con ganas de llorar todo el tiempo, sin apetito -había perdido bastante peso- le costaba mucho concentrarse en su trabajo, tenía poca energía y deseaba solamente dormir…tal vez ya no despertar.  Se dio cuenta que unas cuantas veces antes se había sentido así, pero no lo suficientemente mal como para buscar ayuda. Sin embargo en esta ocasión, las cosas eran diferentes, pues se  cuestionaba sus ganas de vivir al mismo tiempo que pensaba “mis hijos estarán mejor sin mí”.

¿Dónde habían quedado los momentos en los que sentía y pensaba todo lo contrario? “Sientes que controlas el mundo, todo brilla, te das cuenta que hay un cambio pero lo ignoras porque es una especie de éxtasis”. Claramente describía ahora un episodio hipomaniaco, esos que también pueden formar parte del TBP y en los que el ánimo se eleva, la mente anda a mil por hora, se plaga de ideas –de ideas geniales- y el dormir no es necesario pues esas horas se pueden emplear para trabajar, para gastar o para hacer muchas otras cosas que, en otro momento, no se atrevería a hacer.

Alrededor, su familia, empezaba a darse cuenta que algo le ocurría, pero no necesariamente por la presencia de los episodios de hipomanía –esos habían pasado desapercibidos- sino por esa profunda tristeza y dolor emocional que ahora le aquejaba y que la habían incapacitado y prácticamente confinado a una cama. Sentían que poco podían hacer por ella en ese momento, salvo mantenerse a su lado incondicionalmente y prestarle sus oídos para escucharla.

A esamujer madura, profesional exitosa y madre de familia, no pareció importarle mucho en ese momento saber que existían alteraciones de la estructura y funcionamiento cerebral que se habían descrito como posibles responsables del descontrol total que percibía sobre sus emociones, sobre su mente y su conducta, sino el hecho de que el TBP había llegado para quedarse, que existía tratamiento pero no una cura.

No es sino hasta que la enfermedad mental te toca que logras cambiar la perspectiva que tienes sobre esta. Es en ese momento que empiezas a preguntarte ¿Por qué alguien se reiría de eso? ¿Por qué alguien se burlaría de esto? ¿Por qué alguien utilizaría el nombre de una enfermedad a manera de agravio? Al final, es solamente eso: un nombre. Una expresión coherente que alguien encontró para englobar un grupo de síntomas que, en el caso del TBP, afecta de manera recurrente la vida de una persona, pero que si quien la padece, su familia y quienes forman parte de su entorno se comprometen, el mundo no se acaba y se puede retomar una vida emocionalmente estable.

En el caso de esa mujer madura, profesional exitosa y madre de familia –como en muchos otros- pasarían meses antes de que se diera con el tratamiento farmacológico más apropiado. Poco a poco fue encontrándole sentido a su vida, sobre todo, al reflejarse en los ojos de sus hijos. Su familia y sus amigos más íntimos, la han acompañado de la mano durante todo este tiempo. Le teme más a las etiquetas sociales que al Trastorno Bipolar, por lo que ella decide a quién y cómo compartir su experiencia. Ella decidió compartirla conmigo y con ustedes a través de mí: “Con esto se puede vivir perfectamente dentro de la comunidad y ser funcional. El primer paso, es reconocer que tienes una condición y ser responsable y disciplinado con el tratamiento. Hay que cuidarse y ‘autoquererse’ para poder querer la vida y a los demás después… eso es lo que pienso.”

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